El segundo encuentro tuvo lugar la noche antes de que viésemos la costa de la isla de Lewis. Se encontraba fumando una pipa en la proa del barco bajo el cielo estrellado que la naturaleza quiso regalarnos esa noche. Me acerqué hasta él distraído, disfrutando de la noche que aunque fría era tranquila. Al verme se volvió y dejó de mirar por la borda. Me saludó con la mano, y al ver que le devolvía el saludo con cierta amabilidad se acercó hasta mi. Comenzó su conversación hablando del tiempo, pero no tardó en adentrarse en aguas de mayor interés preguntándome sobre mi trabajo en el barco, la naturaleza de mi viaje y las causas que me motivaban a ir hasta una tierra desconocida. Le contesté que simplemente tenía cierto afán de aventuras y que iba en el papel de un cronista gráfico. Al decirle eso se mostró entusiasmado pues me declaró que el llevaba un diario de lo que allí iba ocurriendo y que se sentiría honrado si lo tomase para completar mis ilustraciones. Que si bien había estado escribiéndolo en italiano comenzaría su traducción a mi idioma para que lo entendiese sin problemas. Lo vi tan entusiasmado que le di rápidamente una respuesta afirmativa y me devolvió una enorme sonrisa. En aquel momento, roto el hielo, le pregunté si la función de su viaje era también la de describir con palabras lo que allí iba ocurriendo. Me contestó con una media sonrisa que su labor en este viaje era la de protección de parte del pasaje. Una nueva pregunta no se hizo esperar “¿El señor de Bidasoa?”. Me contestó negativamente con la cabeza y dijo “Señor Brown mi cliente todavía no está en el barco y todavía no sé si finalmente subirá a él”. Para no dejar oportunidad a nuevas preguntas sobre el mismo tema dirigió la conversación hacia mis dibujos antes de despedirse educamente. Me quedé mirando el mar sumido en mis pensamientos hasta que el sueño me dirigió a mi camarote. Al bajar las escaleras vi una luz encendida del camarote de Enrico. Silenciosamente me acerqué hasta él para ver si podía averiguar alguna cosa más de tan inquietante individuo. El camarote estaba vacío, había una maleta que sobresalía por debajo del camastro y sobre éste había un sable. Sobre el escritorio había un pequeño cofre de madera. Al acercarme algo más a él pude apreciar que la madera tenía tallada pequeñas hojas de arce que cubrían por completo su superficie. La cerradura que lo guardaba parecía hecha en bronce y al igual que la superficie del cofre tenía una talla inusual. Un pequeño dragón con las alas extendidas a modo de refuerzo sobre los cierres. Escuché crujidos sobre la madera. Alguien que se acercaba. Me dirigí hacia el comedor conteniendo la respiración. Rezando por no ser descubierto. Me situé tras la puerta. Vi como Enrico se dirigía a su habitación y minutos más tarde apagaba la luz. Esperé un buen rato hasta que mi corazón dejó de latir con fuerza, solo entonces volví a mi habitación con el mismo sigilo que me había protegido en mi curiosa exploración. Me acurruqué en la cama y me quedé dormido con la ropa aun húmeda por el paseo sobre la borda.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Ante las Costas de Lewis
El segundo encuentro tuvo lugar la noche antes de que viésemos la costa de la isla de Lewis. Se encontraba fumando una pipa en la proa del barco bajo el cielo estrellado que la naturaleza quiso regalarnos esa noche. Me acerqué hasta él distraído, disfrutando de la noche que aunque fría era tranquila. Al verme se volvió y dejó de mirar por la borda. Me saludó con la mano, y al ver que le devolvía el saludo con cierta amabilidad se acercó hasta mi. Comenzó su conversación hablando del tiempo, pero no tardó en adentrarse en aguas de mayor interés preguntándome sobre mi trabajo en el barco, la naturaleza de mi viaje y las causas que me motivaban a ir hasta una tierra desconocida. Le contesté que simplemente tenía cierto afán de aventuras y que iba en el papel de un cronista gráfico. Al decirle eso se mostró entusiasmado pues me declaró que el llevaba un diario de lo que allí iba ocurriendo y que se sentiría honrado si lo tomase para completar mis ilustraciones. Que si bien había estado escribiéndolo en italiano comenzaría su traducción a mi idioma para que lo entendiese sin problemas. Lo vi tan entusiasmado que le di rápidamente una respuesta afirmativa y me devolvió una enorme sonrisa. En aquel momento, roto el hielo, le pregunté si la función de su viaje era también la de describir con palabras lo que allí iba ocurriendo. Me contestó con una media sonrisa que su labor en este viaje era la de protección de parte del pasaje. Una nueva pregunta no se hizo esperar “¿El señor de Bidasoa?”. Me contestó negativamente con la cabeza y dijo “Señor Brown mi cliente todavía no está en el barco y todavía no sé si finalmente subirá a él”. Para no dejar oportunidad a nuevas preguntas sobre el mismo tema dirigió la conversación hacia mis dibujos antes de despedirse educamente. Me quedé mirando el mar sumido en mis pensamientos hasta que el sueño me dirigió a mi camarote. Al bajar las escaleras vi una luz encendida del camarote de Enrico. Silenciosamente me acerqué hasta él para ver si podía averiguar alguna cosa más de tan inquietante individuo. El camarote estaba vacío, había una maleta que sobresalía por debajo del camastro y sobre éste había un sable. Sobre el escritorio había un pequeño cofre de madera. Al acercarme algo más a él pude apreciar que la madera tenía tallada pequeñas hojas de arce que cubrían por completo su superficie. La cerradura que lo guardaba parecía hecha en bronce y al igual que la superficie del cofre tenía una talla inusual. Un pequeño dragón con las alas extendidas a modo de refuerzo sobre los cierres. Escuché crujidos sobre la madera. Alguien que se acercaba. Me dirigí hacia el comedor conteniendo la respiración. Rezando por no ser descubierto. Me situé tras la puerta. Vi como Enrico se dirigía a su habitación y minutos más tarde apagaba la luz. Esperé un buen rato hasta que mi corazón dejó de latir con fuerza, solo entonces volví a mi habitación con el mismo sigilo que me había protegido en mi curiosa exploración. Me acurruqué en la cama y me quedé dormido con la ropa aun húmeda por el paseo sobre la borda.
sábado, 23 de febrero de 2008
La noche bajo el temporal
No tardé en encontrar el cocinero en la bodega jugando a los dados con un par de tipos de ojos pequeños y manos rápidas. Llamó mi atención que además de cacerolas y fogones gastaba su tiempo con los dados, el ron y la cháchara de los antiguos corsarios a pesar de que que su apariencia mostraba a un individuo de los de pocas palabras. A lo largo de estos años no pude olvidar ni su nombre, David Marfil, ni su comida, en especial esas sopas de pescado y patatas aderezadas con un poco de clarete. Entre tirada y tirada me atreví a interrumpirlos para pedirle el remedio del que me habló el capitán. Me contestó con su característico acento del sur “Un par más de apuestas y estoy contigo pescadito. Estoy en racha y no quiero es que estos señores se vuelvan a su hamaca con más peso del necesario”. En cuento terminó lo acompañé a la cocina. Abrió un par de botes y lo mezcló con un poco de zumo de limón y ron. “Y con esto estás servido” me dijo mientras se despedía. Si el olor era desagradable, el sabor lo fue más, pero pasados unos minutos, como si de una antigua magia se tratase el mareo me abandono dejando en su lugar un gratificante cansancio. Me fui al camarote y me tumbé sobre el camastro mientras el sueño se apoderaba de mi, esta vez mecido por las olas.
Recuerdo como si me acabase de levantar el sueño que tuve esa noche por lo que ocurrió algún tiempo más tarde. Recuerdo que me encontraba en una pequeña barca en mitad de la niebla, junto a una mujer joven con una edad cercana a la veintena. Cabello rubio y rizado y ojos azules de mirada asustada. Vestía con un vestido blanco de vuelo amplio y una rebeca verde. Junto a ella un hombre de pelo y barba negra, con algunas canas. Vestía con un traje muy parecido al que usaba mi padre en su trabajo solo que la camisa que llevaba era azul. Mientras la barca se deslizaba entre la niebla su mano derecha jugaba con el agua. Recuerdo que tenía la sensación de que algo malo iba a ocurrirle por ello pero no pasó nada. Todos estaban callados cuando el hombre señaló hacia una luz a la que nos dirigíamos. Conforme nos acercábamos a la luz el agua se oscurecía cada vez más hasta que el hombre sacó su mano del agua y vi que era sangre. El hombre me miró fijamente y dijo “Navega con cuidado en este mar de justificación y remordimiento” y acto inmediato cojió un reloj de plata que llevaba en el bolsillo y lo arrojó hacia la luz “Los años no liberan, encadenan”. En tic tac del reloj fue adueñándose poco a poco del sueño mientras la barca entraba en la luz. Vi la goleta encallada en la nieve y desperté.
Al despertar por la mañana me sentí desorientado. Pude ver por el ojo de buey que el temporal había remitido y que de él solo quedaba un cielo encapotado y algo de viento. Salí del camarote pensando todavía en el extraño sueño rumbo al comedor para tomar un buen desayuno. En ese momento me crucé con el individuo de mi sueño. Allí estaba en el pasillo con el mismo traje esperando en la puerta de un camarote a que saliese alguien. Me presenté con un escueto “Buenos días, soy Hugo Brown”. El individuo convirtió mi recuerdo onírico en algo más tangible al contestarme con acento italiano que era Enrico Roversi y que el señor Ramón de Bidasoa le había hablado de mi durante la cena de anoche. Con cierta intranquilidad seguí mi camino hasta el comedor, donde me dejé caer sobre una de las sillas. Uno de los marineros que trabajaban junto al cocinero me preguntó que qué iba a tomar. Mi café con leche y el par de tostadas se convirtieron en una infusión con un par de mendrugos de pan. Lo devoré con no muchas ganas mientras pensaba en el extraño sueño, en el italiano y en el viaje. Parecía que mi pequeña aventura iba a ser bastante más compleja de lo que imaginaba.
jueves, 7 de febrero de 2008
Soltando amarras
Mi camarote era bastante estrecho. El catre estaba tan pegado al escritorio que había que utilizar éste como silla. Junto a la cabecera de la cama había un ojo de buey que dejaba pasar la tenue luz del día encapotado. Desempaqueté mis cosas, ordené mis cuadernos y mis libros. Saqué lápices y plumas dispuesto a no dejar escapar ninguno de los detalles del viaje. También saqué un retrato de la bella Sofía. Lo había hecho varias semanas antes, cuando paseábamos junto al rio y entre las hojas caídas de los arces blancos tapizaban el suelo con ocres y verdes. Me encapriché de los rizos de tu pelo, de tus labios y de la sonrisa que tímida me dedicabas cada vez que te miraba fijamente. Allí mismo, bajo un roble que aguantaba estoico la llegada del invierno saqué mis útiles y mi cuaderno. Dejé que mis manos acariciasen los rasgos de tu rostro con el carboncillo, dejando así un testigo que me hiciese compañía en mi viaje. Allí hablamos del futuro común que tendríamos a mi vuelta y allí me llevé el sabor de tus labios desde los mios hasta el corazón. Cuando terminé de hacer más acojedor el camarote subí a cubierta. No vi al capitán, pero la tripulación del barco de afanaba en preparar la nave para el largo viaje que íbamos a emprender. Intenté ponerme en un lugar donde no estorbase pero me resultó imposible, tropecé con un marinero de ojos verdes que masculló un par de insultos que no pude entender. “Contramaestre Espada” escuché gritar al capitán desde el puente, “acomode a nuestro invitado en un sitio donde no se vaya a caer por la borda”. Inmediatamente de entre los marineros apareció un individuo enorme, de piel morena y ojos negros. Sobre sus brazos curtidos en más de una tormenta destacaban los tatuajes de dos árboles, sobre el derecho el de un roble y sobre el izquierdo el de una higuera. Me parecieron extraños para un marinero. “Ey shico, vente pa' ka, antes de que te haga daño” dijo en tono de sorna. Lo seguí, y tras una vuelta alrededor del puente me acompañó a mi cuarto. “zagál , mejó que te quehes aquí hasta que salgamos, si quieres sube cuando ecushes la campana”, y se alejó con una sonora risa.
Miré por la ventana al puerto. Veía mucho movimiento, quizás por la partida del Hurón Azul, quizás porque los viejos lobos de agua salada predecían que se acercaba una buena tormenta. Me inquietaba que el capitán quisiese salir con este tiempo, pero lo que me contestó fue que no es este tiempo el que me ha de preocupar, sino el de los mares del norte donde el frío y la oscuridad roban a los hombres la ganas de vivir. Saqué uno de mis cuadernos y comencé a dibujar lo que iba viendo del puerto. Llamaron a la puerta de mi camarote y escuche una voz ronca que me pedía permiso para entrar. “Buenos días señor Brown” se presentó el individuo bajo y calvo que acababa de entrar en el ya estrecho camarote. “Mi nombre es Ramón de Bidasoa, voy a ser uno de sus compañeros en este largo viaje, he sido contratado por la compañía para recolectar bienes”. Estuve a punto de preguntar a que se refería con la palabra “bienes” pero la campana comenzó a sonar indicando que estábamos a punto de zarpar. Vi como Ramón se dirigía junto con una gran maleta al camarote del fondo. Volví a subir a cubierta para despedir junto a los marineros la tierra firme. El capitán con una mano en el timón y la otra señalando al horizonte gritó “Soltad amarras”. Sentí un nudo en el estómago pues veía como dejaba mi vida junto a las sogas que aguantaban el barco a un lugar seguro. Junto a estas, en el puerto, niños y mujeres se despedían con pañuelos azules a los tripulantes del barco mientras la proa enfilaba hacia el mar.
domingo, 27 de enero de 2008
Ahí te quedas xxxxxx
¡Ala! ya lo solté. Llevaba un tiempo pensándolo, controlándome para no decirlo. No era educado, debía de callarme y no obstante ahí estaba, murmurándome en las entrañas, luchando por ser audible más allá de mi cabeza. Queriendo ser realidad. Y claro, hasta que no lo dije no paré, y sin embargo representaba muy bien como me sentía, que opinaba de todo, de mi vida, de lo que estaba viviendo, de lo que estaba sintiendo. Cuatro palabras que soltadas en público lo cambiaban todo, que me hacían vulnerable y cuarteaban con tanta facilidad la máscara que había ido creando dentro de mi día tras día y año tras año. Entre el público seguro que habría alguien con una cámara de vídeo que recogería el momento estelar para enseñarlo una y otra vez en las reuniones de amigos, siempre bajo el epígrafe de como pudo, como se atrevió a hacerlo en aquel momento, menudo tacto y expresiones del mismo estilo. También conocía a esa facción, la siempre comprensiva que intentaría quitarle hierro al asunto, ya sabes, estaba bajo mucho estrés, nos puede pasar a cualquiera o en el fondo lo hizo sin quererlo. Me imagino que iban a decir tus padres, o los míos días más tarde. Es de lo más inadecuado, podía haberse callado, o es imperdonable. Dentro de ese mundo que giraba a mi alrededor estaban tus ojos de cansancio y tu mano temblorosa tras la discusión. Mi rabia y mi decepción que bullían dentro devorándome como un animal hambriento que quería sangre, que buscaba una presa de ojos tristes, como un ciervo que aparece ante un león hambriento. Yo, depredador y tu presa. Sabía como hacerte daño en ese mismo instante, delante de todos, en tu día y no en el mío. Sabía que me equivocaba, que más tarde serían mis lágrimas las que se derramasen sobre la alfombra. Sabía que no tendría solución, que no existe máquinas en el tiempo que te hagan volver atrás para arreglar el daño que iba a hacer, que quedaría en tu corazón para siempre, como un monumento a la crueldad de la gente a la que amas.
Y a ahí estaba, fluyendo hacia mi lengua, preparando a mis cuerdas vocales para que fuesen suficientemente audibles el día de tu boda. Delante de todos, siendo tu testigo de como la estupidez humana iba a desmoronar tu vida en menos de cinco segundos. Salió.
Lo dije y todo se acabó. Cundió el silencio, y luego el murmullo general. Después como en una lluvia de verano, cayó mucha agua, pero en vez del cálido elemento, fueron palabras.
Solo me quedó irme. El daño estaba hecho y esa bestia que habitaba en mi interior se deleitaba del caos y la destrucción que había sembrado. La venganza estaba cumplida. Te había dejado en rídiculo delante de todos tal y como lo hicistes tu aquel día en el colegio cuando todos se mofaron de mi. Había tardado más de veinte años, pero había cumplido uno de mis sueños de niño, devolver la pelota a tu campo.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Junto al cubo de basura
Pasaron las semanas, y tras el enfado inicial, Dorotea consiguió que sus padres aceptasen a Pato como un integrante más de
Conforme fue creciendo la familia fue tomándole más cariño. Pagaba con ronroneos los trozos de comida que caían accidentalmente de la mesa, sobre todo los de Dorotea. Dormía con ella, a sus pies, tomando parte del calor de su cuerpo y asustando a todas las pesadillas que la perseguían las noches de tormenta. Miraba con ojos atentos todo lo que la niña hacía, desde que se levantaba hasta que regresaba a la cama, faltando solo a su cita aquellos días que se levantaba algo más aventurero de lo normal. Esos días hacía suya la calle persiguiendo ratas o bufando a otros gatos. Demostrando que a pesar de su tamaño y su vida fácil, seguía siendo ese depredador que temían los gorriones.
La semana fatídica hizo calor. Pato había abandonado durante la noche la compañía de Dorotea, seguramente en busca de un nuevo trofeo. Ella se levantó intranquila y preguntó a su madre por Pato. Miraron en todos los cuartos, incluidos aquellos rincones que le gustaba esconderse. No apareció. Cuando su padre llegó de trabajar volvieron a repetir la operación con el mismo grado de éxito. Se fue a la cama triste y preocupada. Esa noche las pesadillas camparon a sus anchas por su pequeño cuerpecito y se despertó entre lágrimas y sollozos. La angustia duró varios días hasta que su vecino, el viejo señor Olson apareció en casa. Le dijo a su vecino que por favor pasase por casa cuando pudiese, que tenía noticias de Pato, pero que no dijese nada a Dorotea. Cuando volvió de casa del señor Olson, el padre de Dorotea no podía contener las lágrimas. Vio a Pato. Olió su pelo quemado. Vio uno de sus ojos inerte, blanco y sin vida. El otro había desaparecido y solo quedaba una cuenca vacía. Sus patas revelaban el sufrimiento que había acabado con su vida mientras las llamas lo devoraban. El señor Olson le dijo que hacía varios días unos adolescentes entraron en el barrio, y que tras romper algunos cristales, quemaron varios cubos de basura. Un par de días más tarde descubrió lo que quedaba de Pato cuando estaba haciendo limpieza en casa.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Curiosidad para un Escritor
Los días que siguieron a la mañana en
Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad con el extraño sentimiento de que estaba siendo observado. No era nada físico, sólo una sombra apreciada a contra mirada, o el eco lejano de unos pasos en otro lugar de
Tras una semana esperando mejoría en Gabriel, decidió cerrar su habitación con llave. Los médicos dijeron que nada podía hacerse para que volviese a la consciencia, que solo cabía esperar a que el cuerpo hiciese su parte. Julián se sentía mal. No es que le tuviese un gran aprecio. Como le contó a sus amigos aquel día en el pub, no era una persona sociable, pero cualquier persona con el mínimo resquicio de humanidad se sentiría pena por ese tipo de circunstancias. Al menos es lo que pensaba él. Los intentos de buscar algún familiar fueron infructuosos. Fue a la facultad de letras en busca de información que pudiese ayudar a encontrar a alguna persona conocida que se interesase por él, pero salvo una compañera con la que había hecho algún que otro trabajo de literatura inglesa, no había nadie. Ésta no pudo decirle mucho. Muchacho extraño que no hablaba de su vida, e impermeable a sus intentos de flirteo. Buen trabajador, muy culto y con gustos por el jazz, pero nada útil. En secretaría la única dirección que tenían era
Cuando llegó a casa se encontró a un gato siamés esperándolo en
Dos horas y trescientos volúmenes más tarde, la frustración ganó
El gato lo miró y Julián le contestó satisfecho que el misterio estaba resuelto. Gabriel debía ser una persona corriente con una vida como la cualquiera que no tiene grandes dones sociales ni se encadena demasiado a los recuerdos.
No tardó en tomar un baño, ya algo más tranquilo por la reconstrucción que había hecho de la vida de su inquilino. Al baño le siguió la cama, y a ésta el sueño, y al sueño el ronroneo de un gato que dormía escuchando las olas del mar junto al cabecero de la cama.
En el Fondo de la Pinta
La tarde había sido realmente agotadora. Demasiado trabajo. Demasiado ruido. Demasiados asuntos que en el fondo no le importaban a nadie. Alejandro llegó a casa sobre las siete, tras una hora de atascos en el centro de
Dos horas más tarde se encontraban en el pub. Todo seguía como lo recordaba, los bancos de madera, el olor a cerveza negra, la luz tenue, la publicidad de Guiness y la indicación de “Five miles to Cork”. Se sentó al fondo de la habitación, junto a la gramola que había sido la razón de más de una discusión sobre música con Silvia. Era el primero. El camarero se acercó para preguntarle que quería beber. Era nuevo y su acento de ciudad le pareció que le quitaba encanto al sitio. Prefería al viejo Erick, el dueño del pub. Un irlandés entrado en años con ojos azules de mirada dura y pocas palabras. Julián aseguraba que llevaba algunos asuntos turbios en la ciudad, y actuaba de intermediario entre algunas mafias locales. Pidió una pinta de Murphy como siempre. El camarero se la trajo junto a un plato de cacahuetes en el mismo instante que entró Julián por
Julián bebió un trago de cerveza, abrió mucho los ojos y comenzó su descripción. “No sé si recordareis que os conté que había alquilado una de las habitaciones de mi casa a fin de mejorar mi maltrecha economía. Se lo alquilé a un estudiante llamado Gabriel, alto, de gafas con pasta negra, y poco sociable. Ayer estaba repasando los periódicos cuando escuché un ruido parecido al de una explosión que venía de la cocina de casa, donde había dejado a Gabriel. En principio pensé que podía haber sido el gas y corrí hacia ella pensando en lo peor. Al llegar, lo único que encontré fue a mi inquilino tumbado sobre el suelo de
Todos se quedaron callados lo que a Julián le pareció una eternidad. Pablo fue el primero en hablar “Tengo un amigo médico, si quieres puedo darte su número y le preguntas cual ha podido ser la causa de lo que nos cuentas” Bebió un sorbo de cerveza, y dijo “aunque suena emocionante”. Alejandro siguió pensativo mirando su pinta de cerveza casi terminada. Se le antojaba que en el fondo podían verse dibujos como en los de los posos del café. Se acordó de Paula y de la imaginación que le echaba a estas cosas. Los demás siguieron hablando pero la mente de Alejandro se alejaba intentando dar forma a la espuma del fondo de la pinta de cerveza. Lo único que pudo imaginar fue a la serpiente del Principito comiéndose un gato.