sábado, 23 de febrero de 2008

La noche bajo el temporal


   El Baile del Hurón Azul (Segunda Parte)

   Mi primera noche a bordo del Hurón Azul se me antojó eterna. La goleta era zarandeada una y otra vez por un mar embravecido que nos demostraba con cada arremetida lo frágiles que éramos. Estábamos en mitad de una gran tormenta, con mucha agua encima y debajo de nuestras cabezas. “Muchacho, peores las hemos visto” me dijo el marinero de ojos verdes mientras ayudaba a otros tripulantes a recoger la latina. Todo el barco crujía y se quejaba como un viejo que teme a la muerte y sin embargo, bien por la experiencia o por el valor, los marineros permanecían en sus puestos, actuando como una máquina bien engrasada y puesta a punto. Volví al camarote con el estómago todavía revuelto sin haber vacíado mi efímera cena sobre el mar por miedo a caer por la borda y desaparecer entre las olas. Lamenté no haber llevado encima una botella de vino que me hiciese más llevadera la tormenta, quizás ebrio hubiese podido dormir algo. Me tumbé sobre mi camastro y busqué en tu recuerdo el alivio, pero el movimiento lo hacía imposible y de nuevo salí a la cubierta buscando algo que hacer y que eliminase la desagradable sensación de un fin inminente que habitaba en mi cuerpo. Encontré al capitán junto al timón. Gobernando la nave imperturbable. Me situé junto él y ñe pregunté si la tormenta era de temer. “Todas son de temer señor Brown como las mujeres, estás son imprevisibles y uno hace bien en andarse con ojo aunque duerma con ellas todas las noches” me contestó casi con una carcajada, “Pero no tema, ésta en principio solo va a darnos un par de mareos. Si le cuesta conciliar el sueño, vaya a ver al cocinero, además de sopas prepara algún que otro remedio casero para los estómagos revueltos y los dolores de cabeza”. Tras eso, se caló mejor la capucha del impermeable y continuo manejando el timón.
No tardé en encontrar el cocinero en la bodega jugando a los dados con un par de tipos de ojos pequeños y manos rápidas. Llamó mi atención que además de cacerolas y fogones gastaba su tiempo con los dados, el ron y la cháchara de los antiguos corsarios a pesar de que que su apariencia mostraba a un individuo de los de pocas palabras. A lo largo de estos años no pude olvidar ni su nombre, David Marfil, ni su comida, en especial esas sopas de pescado y patatas aderezadas con un poco de clarete. Entre tirada y tirada me atreví a interrumpirlos para pedirle el remedio del que me habló el capitán. Me contestó con su característico acento del sur “Un par más de apuestas y estoy contigo pescadito. Estoy en racha y no quiero es que estos señores se vuelvan a su hamaca con más peso del necesario”. En cuento terminó lo acompañé a la cocina. Abrió un par de botes y lo mezcló con un poco de zumo de limón y ron. “Y con esto estás servido” me dijo mientras se despedía. Si el olor era desagradable, el sabor lo fue más, pero pasados unos minutos, como si de una antigua magia se tratase el mareo me abandono dejando en su lugar un gratificante cansancio. Me fui al camarote y me tumbé sobre el camastro mientras el sueño se apoderaba de mi, esta vez mecido por las olas.
Recuerdo como si me acabase de levantar el sueño que tuve esa noche por lo que ocurrió algún tiempo más tarde. Recuerdo que me encontraba en una pequeña barca en mitad de la niebla, junto a una mujer joven con una edad cercana a la veintena. Cabello rubio y rizado y ojos azules de mirada asustada. Vestía con un vestido blanco de vuelo amplio y una rebeca verde. Junto a ella un hombre de pelo y barba negra, con algunas canas. Vestía con un traje muy parecido al que usaba mi padre en su trabajo solo que la camisa que llevaba era azul. Mientras la barca se deslizaba entre la niebla su mano derecha jugaba con el agua. Recuerdo que tenía la sensación de que algo malo iba a ocurrirle por ello pero no pasó nada. Todos estaban callados cuando el hombre señaló hacia una luz a la que nos dirigíamos. Conforme nos acercábamos a la luz el agua se oscurecía cada vez más hasta que el hombre sacó su mano del agua y vi que era sangre. El hombre me miró fijamente y dijo “Navega con cuidado en este mar de justificación y remordimiento” y acto inmediato cojió un reloj de plata que llevaba en el bolsillo y lo arrojó hacia la luz “Los años no liberan, encadenan”. En tic tac del reloj fue adueñándose poco a poco del sueño mientras la barca entraba en la luz. Vi la goleta encallada en la nieve y desperté.
Al despertar por la mañana me sentí desorientado. Pude ver por el ojo de buey que el temporal había remitido y que de él solo quedaba un cielo encapotado y algo de viento. Salí del camarote pensando todavía en el extraño sueño rumbo al comedor para tomar un buen desayuno. En ese momento me crucé con el individuo de mi sueño. Allí estaba en el pasillo con el mismo traje esperando en la puerta de un camarote a que saliese alguien. Me presenté con un escueto “Buenos días, soy Hugo Brown”. El individuo convirtió mi recuerdo onírico en algo más tangible al contestarme con acento italiano que era Enrico Roversi y que el señor Ramón de Bidasoa le había hablado de mi durante la cena de anoche. Con cierta intranquilidad seguí mi camino hasta el comedor, donde me dejé caer sobre una de las sillas. Uno de los marineros que trabajaban junto al cocinero me preguntó que qué iba a tomar. Mi café con leche y el par de tostadas se convirtieron en una infusión con un par de mendrugos de pan. Lo devoré con no muchas ganas mientras pensaba en el extraño sueño, en el italiano y en el viaje. Parecía que mi pequeña aventura iba a ser bastante más compleja de lo que imaginaba.

jueves, 7 de febrero de 2008

Soltando amarras


   El Baile del Hurón Azul (Primera Parte)

   Como si tuviese piedras en el corazón y éste fuese una cesta de la que no te puedes deshacer. Así me sentía mientras mis pies daban sus primeros pasos en el barco. El olor a salitre rodeaba todo en una atmósfera triste y lúgubre. Las nubes no habían dado un respiro a las gentes del pueblo que comenzaban a suspirar por algún rayo de sol invernal. Vi al capitán en la proa del barco, erguido, oteando el horizonte como un sabueso en busca de su presa. Al escuchar el crujido de las tablas se volvió hacia mi. “Bienvenido a mi barco señor Brown, aunque siento decirle que hoy va a ser un día difícil para zarpar, la mar está inquieta”. Sus ojos escudriñaron mi pensamiento y seguro que detectaron mi miedo como habían detectado la inquietud del mar en calma. Durante un instante quedé atrapado en su mirada del mismo color azul que las aguas del Mediterráneo junto a las islas griegas. Vislumbré parte de la sabiduría que se escondía en este viejo lobo de mar. “Puede dejar sus cosas en el segundo camarote de la derecha que está al bajar las escaleras” dijo mientras se dirijía hacia el puente.
Mi camarote era bastante estrecho. El catre estaba tan pegado al escritorio que había que utilizar éste como silla. Junto a la cabecera de la cama había un ojo de buey que dejaba pasar la tenue luz del día encapotado. Desempaqueté mis cosas, ordené mis cuadernos y mis libros. Saqué lápices y plumas dispuesto a no dejar escapar ninguno de los detalles del viaje. También saqué un retrato de la bella Sofía. Lo había hecho varias semanas antes, cuando paseábamos junto al rio y entre las hojas caídas de los arces blancos tapizaban el suelo con ocres y verdes. Me encapriché de los rizos de tu pelo, de tus labios y de la sonrisa que tímida me dedicabas cada vez que te miraba fijamente. Allí mismo, bajo un roble que aguantaba estoico la llegada del invierno saqué mis útiles y mi cuaderno. Dejé que mis manos acariciasen los rasgos de tu rostro con el carboncillo, dejando así un testigo que me hiciese compañía en mi viaje. Allí hablamos del futuro común que tendríamos a mi vuelta y allí me llevé el sabor de tus labios desde los mios hasta el corazón. Cuando terminé de hacer más acojedor el camarote subí a cubierta. No vi al capitán, pero la tripulación del barco de afanaba en preparar la nave para el largo viaje que íbamos a emprender. Intenté ponerme en un lugar donde no estorbase pero me resultó imposible, tropecé con un marinero de ojos verdes que masculló un par de insultos que no pude entender. “Contramaestre Espada” escuché gritar al capitán desde el puente, “acomode a nuestro invitado en un sitio donde no se vaya a caer por la borda”. Inmediatamente de entre los marineros apareció un individuo enorme, de piel morena y ojos negros. Sobre sus brazos curtidos en más de una tormenta destacaban los tatuajes de dos árboles, sobre el derecho el de un roble y sobre el izquierdo el de una higuera. Me parecieron extraños para un marinero. “Ey shico, vente pa' ka, antes de que te haga daño” dijo en tono de sorna. Lo seguí, y tras una vuelta alrededor del puente me acompañó a mi cuarto. “zagál , mejó que te quehes aquí hasta que salgamos, si quieres sube cuando ecushes la campana”, y se alejó con una sonora risa.
Miré por la ventana al puerto. Veía mucho movimiento, quizás por la partida del Hurón Azul, quizás porque los viejos lobos de agua salada predecían que se acercaba una buena tormenta. Me inquietaba que el capitán quisiese salir con este tiempo, pero lo que me contestó fue que no es este tiempo el que me ha de preocupar, sino el de los mares del norte donde el frío y la oscuridad roban a los hombres la ganas de vivir. Saqué uno de mis cuadernos y comencé a dibujar lo que iba viendo del puerto. Llamaron a la puerta de mi camarote y escuche una voz ronca que me pedía permiso para entrar. “Buenos días señor Brown” se presentó el individuo bajo y calvo que acababa de entrar en el ya estrecho camarote. “Mi nombre es Ramón de Bidasoa, voy a ser uno de sus compañeros en este largo viaje, he sido contratado por la compañía para recolectar bienes”. Estuve a punto de preguntar a que se refería con la palabra “bienes” pero la campana comenzó a sonar indicando que estábamos a punto de zarpar. Vi como Ramón se dirigía junto con una gran maleta al camarote del fondo. Volví a subir a cubierta para despedir junto a los marineros la tierra firme. El capitán con una mano en el timón y la otra señalando al horizonte gritó “Soltad amarras”. Sentí un nudo en el estómago pues veía como dejaba mi vida junto a las sogas que aguantaban el barco a un lugar seguro. Junto a estas, en el puerto, niños y mujeres se despedían con pañuelos azules a los tripulantes del barco mientras la proa enfilaba hacia el mar.

domingo, 27 de enero de 2008

Ahí te quedas xxxxxx

{donde pone xxxxxx, léase algún insulto, ya que el blog lo ha censurado}

¡Ala! ya lo solté. Llevaba un tiempo pensándolo, controlándome para no decirlo. No era educado, debía de callarme y no obstante ahí estaba, murmurándome en las entrañas, luchando por ser audible más allá de mi cabeza. Queriendo ser realidad. Y claro, hasta que no lo dije no paré, y sin embargo representaba muy bien como me sentía, que opinaba de todo, de mi vida, de lo que estaba viviendo, de lo que estaba sintiendo. Cuatro palabras que soltadas en público lo cambiaban todo, que me hacían vulnerable y cuarteaban con tanta facilidad la máscara que había ido creando dentro de mi día tras día y año tras año. Entre el público seguro que habría alguien con una cámara de vídeo que recogería el momento estelar para enseñarlo una y otra vez en las reuniones de amigos, siempre bajo el epígrafe de como pudo, como se atrevió a hacerlo en aquel momento, menudo tacto y expresiones del mismo estilo. También conocía a esa facción, la siempre comprensiva que intentaría quitarle hierro al asunto, ya sabes, estaba bajo mucho estrés, nos puede pasar a cualquiera o en el fondo lo hizo sin quererlo. Me imagino que iban a decir tus padres, o los míos días más tarde. Es de lo más inadecuado, podía haberse callado, o es imperdonable. Dentro de ese mundo que giraba a mi alrededor estaban tus ojos de cansancio y tu mano temblorosa tras la discusión. Mi rabia y mi decepción que bullían dentro devorándome como un animal hambriento que quería sangre, que buscaba una presa de ojos tristes, como un ciervo que aparece ante un león hambriento. Yo, depredador y tu presa. Sabía como hacerte daño en ese mismo instante, delante de todos, en tu día y no en el mío. Sabía que me equivocaba, que más tarde serían mis lágrimas las que se derramasen sobre la alfombra. Sabía que no tendría solución, que no existe máquinas en el tiempo que te hagan volver atrás para arreglar el daño que iba a hacer, que quedaría en tu corazón para siempre, como un monumento a la crueldad de la gente a la que amas.

Y a ahí estaba, fluyendo hacia mi lengua, preparando a mis cuerdas vocales para que fuesen suficientemente audibles el día de tu boda. Delante de todos, siendo tu testigo de como la estupidez humana iba a desmoronar tu vida en menos de cinco segundos. Salió.

Lo dije y todo se acabó. Cundió el silencio, y luego el murmullo general. Después como en una lluvia de verano, cayó mucha agua, pero en vez del cálido elemento, fueron palabras.

Solo me quedó irme. El daño estaba hecho y esa bestia que habitaba en mi interior se deleitaba del caos y la destrucción que había sembrado. La venganza estaba cumplida. Te había dejado en rídiculo delante de todos tal y como lo hicistes tu aquel día en el colegio cuando todos se mofaron de mi. Había tardado más de veinte años, pero había cumplido uno de mis sueños de niño, devolver la pelota a tu campo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Junto al cubo de basura

La pequeña Dorotea era de esas niñas menudas y ojos soñadores de las que jugaban con desgracias. Su madre todavía recuerda con lágrimas en los ojos al pequeño Pato. Fue una mañana de invierno la que trajo Pato a casa. Apareció olisqueando un cubo de basura con sus enormes bigotes y no tardó en maullar para llamar la atención de los dueños del cubo. Dorotea lo escuchó. Fue amor al primer maullido. Tomó al pequeño Pato entre sus manos y lo escondió bajo su abrigo mientras entraba en casa. Subió a su dormitorio, silenciosa, conteniendo la respiración. Su madre pareció no darse cuenta de que bajo el poliéster y la pluma sintética iba un felino desgarbado y juguetón. Al llegar al cuarto lo dejó sobre la cama. Bajó por un poco de leche y un par de rodajas de mortadela. Durante la espera Pato comenzó a explorar lo que iba a ser su hogar. La mortadela fue el principio de una gran amistad entre los embutidos y ese pequeño gato callejero.

Pasaron las semanas, y tras el enfado inicial, Dorotea consiguió que sus padres aceptasen a Pato como un integrante más de la familia. La timidez del minino se esfumó más rápido que los trozos de pescado olvidados sobre la mesa. Algunos sillones comenzaron a sufrir sus instintos al igual que calcetines y útiles de costura. Aún así, la desesperación que causaba a los progenitores de Dorotea quedaba compensada con la felicidad que derramaba cuando jugaba con ella. Muy obediente no era, como todos los gatos, pero mantenía sus uñas lejos de aquello que le iba a dar problemas.

Conforme fue creciendo la familia fue tomándole más cariño. Pagaba con ronroneos los trozos de comida que caían accidentalmente de la mesa, sobre todo los de Dorotea. Dormía con ella, a sus pies, tomando parte del calor de su cuerpo y asustando a todas las pesadillas que la perseguían las noches de tormenta. Miraba con ojos atentos todo lo que la niña hacía, desde que se levantaba hasta que regresaba a la cama, faltando solo a su cita aquellos días que se levantaba algo más aventurero de lo normal. Esos días hacía suya la calle persiguiendo ratas o bufando a otros gatos. Demostrando que a pesar de su tamaño y su vida fácil, seguía siendo ese depredador que temían los gorriones.

La semana fatídica hizo calor. Pato había abandonado durante la noche la compañía de Dorotea, seguramente en busca de un nuevo trofeo. Ella se levantó intranquila y preguntó a su madre por Pato. Miraron en todos los cuartos, incluidos aquellos rincones que le gustaba esconderse. No apareció. Cuando su padre llegó de trabajar volvieron a repetir la operación con el mismo grado de éxito. Se fue a la cama triste y preocupada. Esa noche las pesadillas camparon a sus anchas por su pequeño cuerpecito y se despertó entre lágrimas y sollozos. La angustia duró varios días hasta que su vecino, el viejo señor Olson apareció en casa. Le dijo a su vecino que por favor pasase por casa cuando pudiese, que tenía noticias de Pato, pero que no dijese nada a Dorotea. Cuando volvió de casa del señor Olson, el padre de Dorotea no podía contener las lágrimas. Vio a Pato. Olió su pelo quemado. Vio uno de sus ojos inerte, blanco y sin vida. El otro había desaparecido y solo quedaba una cuenca vacía. Sus patas revelaban el sufrimiento que había acabado con su vida mientras las llamas lo devoraban. El señor Olson le dijo que hacía varios días unos adolescentes entraron en el barrio, y que tras romper algunos cristales, quemaron varios cubos de basura. Un par de días más tarde descubrió lo que quedaba de Pato cuando estaba haciendo limpieza en casa.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Curiosidad para un Escritor

Los días que siguieron a la mañana en la que Gabriel tuvo el accidente, estaban llenos de inquietud y preguntas que a las que un escritor solo estaba acostumbrado en sus novelas. Los porqués se acumulaban sin sentido al igual que el presentimiento de lo sobrenatural. Julián llamó un par de veces más al hospital pero siempre obtenía la misma respuesta. Estable y sin cambios.

Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad con el extraño sentimiento de que estaba siendo observado. No era nada físico, sólo una sombra apreciada a contra mirada, o el eco lejano de unos pasos en otro lugar de la casa. Nada que tras una llamada a Silvia no razonase con los típicos quejidos de una casa vieja.

Tras una semana esperando mejoría en Gabriel, decidió cerrar su habitación con llave. Los médicos dijeron que nada podía hacerse para que volviese a la consciencia, que solo cabía esperar a que el cuerpo hiciese su parte. Julián se sentía mal. No es que le tuviese un gran aprecio. Como le contó a sus amigos aquel día en el pub, no era una persona sociable, pero cualquier persona con el mínimo resquicio de humanidad se sentiría pena por ese tipo de circunstancias. Al menos es lo que pensaba él. Los intentos de buscar algún familiar fueron infructuosos. Fue a la facultad de letras en busca de información que pudiese ayudar a encontrar a alguna persona conocida que se interesase por él, pero salvo una compañera con la que había hecho algún que otro trabajo de literatura inglesa, no había nadie. Ésta no pudo decirle mucho. Muchacho extraño que no hablaba de su vida, e impermeable a sus intentos de flirteo. Buen trabajador, muy culto y con gustos por el jazz, pero nada útil. En secretaría la única dirección que tenían era la de Julián. Los profesores sólo pudieron completar el perfil con sus notas, y con los estudios preliminares que estaba utilizando en su tesis. Julián fotocopió esos escritos para ver si lograba encontrar alguna pista sobre la procedencia de Gabriel. En el camino de vuelta compró una carpeta que pensaba utilizar para reunir toda la información que pudiese sobre Gabriel. Con un gran rotulador negro escribió en su portada las iniciales del nuevo caso G.B.

Cuando llegó a casa se encontró a un gato siamés esperándolo en la puerta. Aunque no muy amigo de los felinos, la soledad e inquietud de estos últimos días le ablandaron el corazón, y le obligaron a invitar al pobre animal que no dejaba de mirarle con unos profundos ojos azules. Dejó la carpeta en el estudio, y convencido a encontrar alguna información sobre la procedencia de Gabriel, volvió a entrar en su cuarto. Todo estaba como lo había dejado el día del accidente. Los símbolos extraños, los libros, la lámpara, todo seguía en su sitio. El gato entró con él, cosa que agradeció y le dio más confianza. No era amigo de la curiosidad, pero se puso a rebuscar entre las cosas de Gabriel casi como un favor personal. No encontró ni fotos, ni diarios reveladores como le hubiese gustado, pero si algunas cosas que le formaron un perfil distinto de su inquilino. Encontró varios discos compactos de jazz, Monk, Coltrane, Parker y Davis. Encontró varias reproducciones de pintores impresionistas, por las cuales dedujo que Monet debía de ser su pintor favorito. Encontró algunas guías de viaje de Praga, Budapest y Viena, y con ellas algunos mapas de estas ciudades. En uno de ellos encontró varios billetes de tren usados, correspondientes a trayectos entre estas ciudades. Como marcapáginas de una de las guías encontró el resguardo de una tarjeta de embarque de un vuelo a Praga con fecha de hacía más de un año. En los cajones de la mesita de noche no encontró nada especial salvo aspirinas, una libreta vacía con una flor de una amapola seca y el cargador de un móvil. Volvió su mirada a los libros de la estantería, quizás hubiese ahí algo.

Dos horas y trescientos volúmenes más tarde, la frustración ganó la batalla. Nada sabía de Gabriel, salvo que leía, escuchaba o a donde viajaba, pero nada más. Mientras cenaba una ensalada, su imaginación fue completando los datos que necesita conocer. Seguramente era hijo único, huérfano de padre, de una ciudad del norte. Su madre se ganaba la vida dando clases de piano cerca del conservatorio. Jamás tuvo amigos y dedicaba su tiempo a leer y a imaginarse historias que llenaron su cabeza de fantasías. Al terminar el instituto tomó parte del dinero que había dejado su difunto padre y vino a la ciudad a estudiar literatura. Esa decisión causó una ruptura entre su madre y él ya que ella quería que se quedase en su ciudad y estudiase algo de provecho como medicina.

El gato lo miró y Julián le contestó satisfecho que el misterio estaba resuelto. Gabriel debía ser una persona corriente con una vida como la cualquiera que no tiene grandes dones sociales ni se encadena demasiado a los recuerdos.

No tardó en tomar un baño, ya algo más tranquilo por la reconstrucción que había hecho de la vida de su inquilino. Al baño le siguió la cama, y a ésta el sueño, y al sueño el ronroneo de un gato que dormía escuchando las olas del mar junto al cabecero de la cama.

En el Fondo de la Pinta

La tarde había sido realmente agotadora. Demasiado trabajo. Demasiado ruido. Demasiados asuntos que en el fondo no le importaban a nadie. Alejandro llegó a casa sobre las siete, tras una hora de atascos en el centro de la ciudad. Comenzaba a desnudarse para darse una reparadora ducha de agua caliente cuando lo llamó Julián. Había quedado a las nueve con Silvia y Pablo para echar unas pintas en el irlandés de la esquina. Aceptó sin muchas ganas. Hacía tiempo que no los veía y sabía que aún cansado, terminaría por agradecer algo de contacto humano.

Dos horas más tarde se encontraban en el pub. Todo seguía como lo recordaba, los bancos de madera, el olor a cerveza negra, la luz tenue, la publicidad de Guiness y la indicación de “Five miles to Cork”. Se sentó al fondo de la habitación, junto a la gramola que había sido la razón de más de una discusión sobre música con Silvia. Era el primero. El camarero se acercó para preguntarle que quería beber. Era nuevo y su acento de ciudad le pareció que le quitaba encanto al sitio. Prefería al viejo Erick, el dueño del pub. Un irlandés entrado en años con ojos azules de mirada dura y pocas palabras. Julián aseguraba que llevaba algunos asuntos turbios en la ciudad, y actuaba de intermediario entre algunas mafias locales. Pidió una pinta de Murphy como siempre. El camarero se la trajo junto a un plato de cacahuetes en el mismo instante que entró Julián por la puerta. Parecía nervioso. Algo había pasado. Se sentó frente a Alejandro y tras un seco “Hola” pidió una pinta de Guiness. Julián le hizo las preguntas de cortesía que contesto carente de entusiasmo. Intercambiaron miradas de soldados derrotados que bien podían haberse traducido con un “estamos listos”. Afortunadamente antes que empezase un nuevo asalto fueron salvados por la campana. Pablo entró tarareando la Cabalgata de las Valquirias de Wagner, con la sonrisa de un gato que se ha comido un canario y un nuevo corte de pelo al estilo años veinte. Saludó con un efusivo “Hola gente, ¿Cómo va todo en el planeta Tierra?”. Las contestaciones fueron un poco forzadas, pero Pablo no pareció darse cuenta. Se volvió y le pidió otra Guiness al camarero mientras se encendía un cigarrillo. Cruzó una pierna sobre la otra, y exclamó “Dios, chicos, parece que habéis salido de un entierro, ¿Qué os ocurre?”. Alejandro se encogió de hombros y dijo, “no sé, lo de siempre, supongo, mucho trabajo y…” Pablo continuó la frase “…poco sexo, si eso se te ve en la cara” y volvió a sonreír “nada que no tenga solución, ¿y a ti?” preguntó mientras miraba a Julián. “Problemas con mi inquilino, por eso os llamé. Pasan cosas demasiado extrañas”. Antes de que continuase, apareció Silvia por la puerta. Vestía vaqueros y camisa blanca. Los miró escondida en escudada en sus gafas de montura azul. Cuando estuvo más cerca su rostro se dulcificó, y bromeó con que no la habían esperado para empezar. Pablo se levantó para retirarle la silla en un educado gesto caballeresco que Silvia agradeció con una sonrisa. Alzó la mano y le pidió una coronita, con tres ligeros golpes de su pinta sobre la mesa dijo “Estamos todos, que comience pues otra reunión del club, abre la sesión el honorable escritor J.P.”

Julián bebió un trago de cerveza, abrió mucho los ojos y comenzó su descripción. “No sé si recordareis que os conté que había alquilado una de las habitaciones de mi casa a fin de mejorar mi maltrecha economía. Se lo alquilé a un estudiante llamado Gabriel, alto, de gafas con pasta negra, y poco sociable. Ayer estaba repasando los periódicos cuando escuché un ruido parecido al de una explosión que venía de la cocina de casa, donde había dejado a Gabriel. En principio pensé que podía haber sido el gas y corrí hacia ella pensando en lo peor. Al llegar, lo único que encontré fue a mi inquilino tumbado sobre el suelo de la cocina. Todo su pelo estaba blanco, como el de una vieja, pero no había rastro de ninguna explosión ni nada que pudiese haber causado ese sonido. Quise preguntarle pero estaba inconsciente. Llamé a una ambulancia y se lo llevaron al hospital. Cuando entré en su cuarto en busca de la documentación vi que sobre el suelo había dibujado algunos símbolos extraños con pintura plateada. Me entró un escalofrío por el cuerpo, como si alguien me observase por encima de mi hombro, de manera que cogí su cartera que estaba sobre el escritorio, y salí de la habitación. Cuando esta mañana llamé al hospital me dijeron que estaba estable aunque inconsciente y que el pelo blanco podía haberse debido a algún tipo de estrés traumático, pero no pudieron decirme nada más”

Todos se quedaron callados lo que a Julián le pareció una eternidad. Pablo fue el primero en hablar “Tengo un amigo médico, si quieres puedo darte su número y le preguntas cual ha podido ser la causa de lo que nos cuentas” Bebió un sorbo de cerveza, y dijo “aunque suena emocionante”. Alejandro siguió pensativo mirando su pinta de cerveza casi terminada. Se le antojaba que en el fondo podían verse dibujos como en los de los posos del café. Se acordó de Paula y de la imaginación que le echaba a estas cosas. Los demás siguieron hablando pero la mente de Alejandro se alejaba intentando dar forma a la espuma del fondo de la pinta de cerveza. Lo único que pudo imaginar fue a la serpiente del Principito comiéndose un gato.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Una Vida contada por La Leica

Nadie sabía lo que buscaba el abuelo en el trastero, pero si el ruído que estaba haciendo era un indicativo del desorden, Jorge sabía que iba a pasar una tarde realmente larga volviendo a ordenarlo todo. Ya sabía él que no era buena idea dejar al abuelo ahí solo, pero su madre le había dicho que así estaría distraído un rato, de manera que Jorge pudiese dedicar un rato de tranquilidad al libro que se había comprado hacía un par de semanas. Cuando por fin logró centrarse escuchó el grito de alegría del abuelo, momento en el que supo que el libro debería esperar hasta la noche. Menudo puente en familia estaba pasando. Cinco minutos más tarde el abuelo llegó con una caja de metal que abrió delante de su nieto. Para espanto de Jorge vió que estaba llena de fotos. Mientras el abuelo se acomodaba en la mesa camilla, Jorge se acercó a la cocina y le pidió a su madre un café cargado para amenizar la tarde que se le venía encima.
El abuelo desplegó sobre la mesa varios montones de fotos en blanco y negro. Comenzó por unas fotos donde se veía a un adolescente sonriendo, junto a una bicicleta. El abuelo le contó que ese era su hermano mayor Vicente, que no conocieron porque murió después de la guerra. En la cárcel. Su rostro se arrugó, triste, dijo que desde que cumplió los quince le había apasionado las bicicletas y que durante la guerra estuvo trabajando como mensajero en el frente republicano, hasta que lo pescaron cerca de Málaga. Tuvo suerte en no ser uno de los miles de fusilados pero murió a causa de una paliza en una de las cárceles de Madrid dos años más tarde. A continuación sacó una foto de una mujer de anchos hombros, y sonrisa forzada. Con pelo negro. Con una sonrisa dijo que era la abuela y que siendo él joven, antes de que le pidiese salir, consiguió que posase para una foto, pero que como nunca le había gustado, jamás consiguió que sonriese ante una cámara. En aquel momento sacó una cámara de la caja de metal. Era negra con algunas piezas de acero ya oxidado. El abuelo sonrió y dijo, "acá está Jorge, te presento a la Leica, el ojo de mi memoria" y rió como un niño. "Esta la tuve cuando huí hasta Francia" dijo mientras señalaba un montón de fotos para que se las alcanzase "Al terminar la guerra tuve que huir con tu abuela a Francia, pa que no nos pescasen como al Vicente". "Estuvimos en casa de Jaqueline, una prima lejana que enseñaba español en una escuela en Potiers", y me enseñó una foto de una chica delgada vestida con camisa blanca y con gafas redondas. "Era una mujer inteligente, la abuela decía que escribía poemas, pero yo nunca leí ninguno". La siguiente foto que salió salía el abuelo junto a la abuela, los dos aún jóvenes, con los rostros un poco demacrados, pero sonrientes, bueno, al menos el abuelo, la abuela sólo hacía el intento. "Esta foto nos la hizo la Jaqueline a la semana de llegar. En cuanto llegamos estuvimos ayudándola con el huerto" Y me enseñó una foto de la abuela con aparejos de labranza en actitud desafiante. "La abuela ya conocía el arte de las verduras como ella decía así que en realidad nos enseñó a todos". "Estuvimos dos años con Jaqueline hasta que tuvimos dinero para probar suerte en otro país, de manera que nos embarcamos hasta Argentina". Jorge bebió un sorbo de café y miró varias fotos, una de ella de los abuelos en un barco de esos que salen en las películas de los cincuenta. En otra se veía a la abuela leyendo un libro con el mar de fondo. En una tercera en una casa de paredes verdes. "Ves esa, esa fue nuestra primera casa en Rosario, cuando llegamos allí compramos un terreno y comenzamos a plantar frutales en la vega del río Paraná. Hicimos buena vida y buenos amigos durante más de veinte años".
Volvió a pasarle fotos. En ellas se veía a su abuela con otras personas que no conocía, en algunas en fiestas bailando, en otras en una casa mayor, en otras con un par de niños pequeños, que los que reconoció como su madre y su tio. En la última vi a mi madre con la misma edad que tenía yo ahora con una mochila. El abuelo dijo: "Ves, acá tu madre un par de horas antes de volver a España, quería conocer sus raíces, y a parte la parte de la familia que se había quedado. Fue a finales de los setenta, poco antes de la muerte de Franco cuando conoció a tu padre". Y me enseñó una foto de mi padre vestido con la bata de médico junto a un naranjo. Sonrió. "Tu madre se llevó a la Leica, y me mandaba fotos de la familia, y esta fue la de tu padre. Al principio yo no quería que tuviese ninguna relación con él. Tu abuelo paterno fue teniente del ejército a las órdenes de Franco y al principio cargué a tu padre con la culpa de nuestro exilio. Pero tu madre me convenció que nada tenía el que ver, que los hijos no tienen que pagar las culpas de sus padres, y que además Don Javier estaba arrepentido por haber participado en semejante guerra". Enseñó una foto de los dos abuelos, junto al padre de Jorge. "Con los años descubrí que era un buen hombre, que simplemente luchó al otro lado, pero Jorge no vayas a creer por eso que todos eran hombres buenos, muchos de ellos se ensañaron demasiado con los vencidos".
También le enseñó una foto de un hombre alto con bigote,de mandíbula cuadrada y con aspecto serio. "Este era el Julián, cuando la mitad de las familias se marcharon del pueblo, el confiscó sus tierras. Y a algunas que no se marcharon y tenían familiares republicanos le hizo la vida imposible hasta que se marcharon bajo la amenaza de que sino serían acusados de conspirar contra el régimen". Volvió a mirar la foto. La verdad es que a Jorge le parecía un tipo normal, como los que te encuentras cuando vas a comprar a la panadería de la esquina. El abuelo siguió hablando de él. "El muy hijoputa todavía sigue vivo y su hijo es ahora alcalde del pueblo".
La madre de Jorge salió de la cocina, y les dijo que fuesen recogiendo, que la cena estaba casi lista y que su padre estaba a punto de llegar. El abuelo le enseñó a Jorge otras fotos, en una de ellas se veía a su madre con un bebe de ojos negros. "Ves, ese granujilla eras tu". Siguió enseñándole otras fotos donde aparecía algo más mayor, jugando con la pelota, o con su prima Silvia en la playa. Su madre volvió a asomarse desde la cocina advirtiendo que sino recogían tiraría todas las fotos. El abuelo metió todas las fotos en la caja de metal. Dejó la cámara fuera y salió por la puerta del salón de nuevo rumbo al sótano. Mientras salía le dijo a Jorge "Ea muchacho, sal a dar un par de vueltas a la Leica que no tiene espíritu para quedarse el resto de su vida en una caja". Jorge cogió la cámara y hizo su primera foto mientras su madre ponía la mesa.