miércoles, 12 de diciembre de 2007

Junto al cubo de basura

La pequeña Dorotea era de esas niñas menudas y ojos soñadores de las que jugaban con desgracias. Su madre todavía recuerda con lágrimas en los ojos al pequeño Pato. Fue una mañana de invierno la que trajo Pato a casa. Apareció olisqueando un cubo de basura con sus enormes bigotes y no tardó en maullar para llamar la atención de los dueños del cubo. Dorotea lo escuchó. Fue amor al primer maullido. Tomó al pequeño Pato entre sus manos y lo escondió bajo su abrigo mientras entraba en casa. Subió a su dormitorio, silenciosa, conteniendo la respiración. Su madre pareció no darse cuenta de que bajo el poliéster y la pluma sintética iba un felino desgarbado y juguetón. Al llegar al cuarto lo dejó sobre la cama. Bajó por un poco de leche y un par de rodajas de mortadela. Durante la espera Pato comenzó a explorar lo que iba a ser su hogar. La mortadela fue el principio de una gran amistad entre los embutidos y ese pequeño gato callejero.

Pasaron las semanas, y tras el enfado inicial, Dorotea consiguió que sus padres aceptasen a Pato como un integrante más de la familia. La timidez del minino se esfumó más rápido que los trozos de pescado olvidados sobre la mesa. Algunos sillones comenzaron a sufrir sus instintos al igual que calcetines y útiles de costura. Aún así, la desesperación que causaba a los progenitores de Dorotea quedaba compensada con la felicidad que derramaba cuando jugaba con ella. Muy obediente no era, como todos los gatos, pero mantenía sus uñas lejos de aquello que le iba a dar problemas.

Conforme fue creciendo la familia fue tomándole más cariño. Pagaba con ronroneos los trozos de comida que caían accidentalmente de la mesa, sobre todo los de Dorotea. Dormía con ella, a sus pies, tomando parte del calor de su cuerpo y asustando a todas las pesadillas que la perseguían las noches de tormenta. Miraba con ojos atentos todo lo que la niña hacía, desde que se levantaba hasta que regresaba a la cama, faltando solo a su cita aquellos días que se levantaba algo más aventurero de lo normal. Esos días hacía suya la calle persiguiendo ratas o bufando a otros gatos. Demostrando que a pesar de su tamaño y su vida fácil, seguía siendo ese depredador que temían los gorriones.

La semana fatídica hizo calor. Pato había abandonado durante la noche la compañía de Dorotea, seguramente en busca de un nuevo trofeo. Ella se levantó intranquila y preguntó a su madre por Pato. Miraron en todos los cuartos, incluidos aquellos rincones que le gustaba esconderse. No apareció. Cuando su padre llegó de trabajar volvieron a repetir la operación con el mismo grado de éxito. Se fue a la cama triste y preocupada. Esa noche las pesadillas camparon a sus anchas por su pequeño cuerpecito y se despertó entre lágrimas y sollozos. La angustia duró varios días hasta que su vecino, el viejo señor Olson apareció en casa. Le dijo a su vecino que por favor pasase por casa cuando pudiese, que tenía noticias de Pato, pero que no dijese nada a Dorotea. Cuando volvió de casa del señor Olson, el padre de Dorotea no podía contener las lágrimas. Vio a Pato. Olió su pelo quemado. Vio uno de sus ojos inerte, blanco y sin vida. El otro había desaparecido y solo quedaba una cuenca vacía. Sus patas revelaban el sufrimiento que había acabado con su vida mientras las llamas lo devoraban. El señor Olson le dijo que hacía varios días unos adolescentes entraron en el barrio, y que tras romper algunos cristales, quemaron varios cubos de basura. Un par de días más tarde descubrió lo que quedaba de Pato cuando estaba haciendo limpieza en casa.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Curiosidad para un Escritor

Los días que siguieron a la mañana en la que Gabriel tuvo el accidente, estaban llenos de inquietud y preguntas que a las que un escritor solo estaba acostumbrado en sus novelas. Los porqués se acumulaban sin sentido al igual que el presentimiento de lo sobrenatural. Julián llamó un par de veces más al hospital pero siempre obtenía la misma respuesta. Estable y sin cambios.

Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad con el extraño sentimiento de que estaba siendo observado. No era nada físico, sólo una sombra apreciada a contra mirada, o el eco lejano de unos pasos en otro lugar de la casa. Nada que tras una llamada a Silvia no razonase con los típicos quejidos de una casa vieja.

Tras una semana esperando mejoría en Gabriel, decidió cerrar su habitación con llave. Los médicos dijeron que nada podía hacerse para que volviese a la consciencia, que solo cabía esperar a que el cuerpo hiciese su parte. Julián se sentía mal. No es que le tuviese un gran aprecio. Como le contó a sus amigos aquel día en el pub, no era una persona sociable, pero cualquier persona con el mínimo resquicio de humanidad se sentiría pena por ese tipo de circunstancias. Al menos es lo que pensaba él. Los intentos de buscar algún familiar fueron infructuosos. Fue a la facultad de letras en busca de información que pudiese ayudar a encontrar a alguna persona conocida que se interesase por él, pero salvo una compañera con la que había hecho algún que otro trabajo de literatura inglesa, no había nadie. Ésta no pudo decirle mucho. Muchacho extraño que no hablaba de su vida, e impermeable a sus intentos de flirteo. Buen trabajador, muy culto y con gustos por el jazz, pero nada útil. En secretaría la única dirección que tenían era la de Julián. Los profesores sólo pudieron completar el perfil con sus notas, y con los estudios preliminares que estaba utilizando en su tesis. Julián fotocopió esos escritos para ver si lograba encontrar alguna pista sobre la procedencia de Gabriel. En el camino de vuelta compró una carpeta que pensaba utilizar para reunir toda la información que pudiese sobre Gabriel. Con un gran rotulador negro escribió en su portada las iniciales del nuevo caso G.B.

Cuando llegó a casa se encontró a un gato siamés esperándolo en la puerta. Aunque no muy amigo de los felinos, la soledad e inquietud de estos últimos días le ablandaron el corazón, y le obligaron a invitar al pobre animal que no dejaba de mirarle con unos profundos ojos azules. Dejó la carpeta en el estudio, y convencido a encontrar alguna información sobre la procedencia de Gabriel, volvió a entrar en su cuarto. Todo estaba como lo había dejado el día del accidente. Los símbolos extraños, los libros, la lámpara, todo seguía en su sitio. El gato entró con él, cosa que agradeció y le dio más confianza. No era amigo de la curiosidad, pero se puso a rebuscar entre las cosas de Gabriel casi como un favor personal. No encontró ni fotos, ni diarios reveladores como le hubiese gustado, pero si algunas cosas que le formaron un perfil distinto de su inquilino. Encontró varios discos compactos de jazz, Monk, Coltrane, Parker y Davis. Encontró varias reproducciones de pintores impresionistas, por las cuales dedujo que Monet debía de ser su pintor favorito. Encontró algunas guías de viaje de Praga, Budapest y Viena, y con ellas algunos mapas de estas ciudades. En uno de ellos encontró varios billetes de tren usados, correspondientes a trayectos entre estas ciudades. Como marcapáginas de una de las guías encontró el resguardo de una tarjeta de embarque de un vuelo a Praga con fecha de hacía más de un año. En los cajones de la mesita de noche no encontró nada especial salvo aspirinas, una libreta vacía con una flor de una amapola seca y el cargador de un móvil. Volvió su mirada a los libros de la estantería, quizás hubiese ahí algo.

Dos horas y trescientos volúmenes más tarde, la frustración ganó la batalla. Nada sabía de Gabriel, salvo que leía, escuchaba o a donde viajaba, pero nada más. Mientras cenaba una ensalada, su imaginación fue completando los datos que necesita conocer. Seguramente era hijo único, huérfano de padre, de una ciudad del norte. Su madre se ganaba la vida dando clases de piano cerca del conservatorio. Jamás tuvo amigos y dedicaba su tiempo a leer y a imaginarse historias que llenaron su cabeza de fantasías. Al terminar el instituto tomó parte del dinero que había dejado su difunto padre y vino a la ciudad a estudiar literatura. Esa decisión causó una ruptura entre su madre y él ya que ella quería que se quedase en su ciudad y estudiase algo de provecho como medicina.

El gato lo miró y Julián le contestó satisfecho que el misterio estaba resuelto. Gabriel debía ser una persona corriente con una vida como la cualquiera que no tiene grandes dones sociales ni se encadena demasiado a los recuerdos.

No tardó en tomar un baño, ya algo más tranquilo por la reconstrucción que había hecho de la vida de su inquilino. Al baño le siguió la cama, y a ésta el sueño, y al sueño el ronroneo de un gato que dormía escuchando las olas del mar junto al cabecero de la cama.

En el Fondo de la Pinta

La tarde había sido realmente agotadora. Demasiado trabajo. Demasiado ruido. Demasiados asuntos que en el fondo no le importaban a nadie. Alejandro llegó a casa sobre las siete, tras una hora de atascos en el centro de la ciudad. Comenzaba a desnudarse para darse una reparadora ducha de agua caliente cuando lo llamó Julián. Había quedado a las nueve con Silvia y Pablo para echar unas pintas en el irlandés de la esquina. Aceptó sin muchas ganas. Hacía tiempo que no los veía y sabía que aún cansado, terminaría por agradecer algo de contacto humano.

Dos horas más tarde se encontraban en el pub. Todo seguía como lo recordaba, los bancos de madera, el olor a cerveza negra, la luz tenue, la publicidad de Guiness y la indicación de “Five miles to Cork”. Se sentó al fondo de la habitación, junto a la gramola que había sido la razón de más de una discusión sobre música con Silvia. Era el primero. El camarero se acercó para preguntarle que quería beber. Era nuevo y su acento de ciudad le pareció que le quitaba encanto al sitio. Prefería al viejo Erick, el dueño del pub. Un irlandés entrado en años con ojos azules de mirada dura y pocas palabras. Julián aseguraba que llevaba algunos asuntos turbios en la ciudad, y actuaba de intermediario entre algunas mafias locales. Pidió una pinta de Murphy como siempre. El camarero se la trajo junto a un plato de cacahuetes en el mismo instante que entró Julián por la puerta. Parecía nervioso. Algo había pasado. Se sentó frente a Alejandro y tras un seco “Hola” pidió una pinta de Guiness. Julián le hizo las preguntas de cortesía que contesto carente de entusiasmo. Intercambiaron miradas de soldados derrotados que bien podían haberse traducido con un “estamos listos”. Afortunadamente antes que empezase un nuevo asalto fueron salvados por la campana. Pablo entró tarareando la Cabalgata de las Valquirias de Wagner, con la sonrisa de un gato que se ha comido un canario y un nuevo corte de pelo al estilo años veinte. Saludó con un efusivo “Hola gente, ¿Cómo va todo en el planeta Tierra?”. Las contestaciones fueron un poco forzadas, pero Pablo no pareció darse cuenta. Se volvió y le pidió otra Guiness al camarero mientras se encendía un cigarrillo. Cruzó una pierna sobre la otra, y exclamó “Dios, chicos, parece que habéis salido de un entierro, ¿Qué os ocurre?”. Alejandro se encogió de hombros y dijo, “no sé, lo de siempre, supongo, mucho trabajo y…” Pablo continuó la frase “…poco sexo, si eso se te ve en la cara” y volvió a sonreír “nada que no tenga solución, ¿y a ti?” preguntó mientras miraba a Julián. “Problemas con mi inquilino, por eso os llamé. Pasan cosas demasiado extrañas”. Antes de que continuase, apareció Silvia por la puerta. Vestía vaqueros y camisa blanca. Los miró escondida en escudada en sus gafas de montura azul. Cuando estuvo más cerca su rostro se dulcificó, y bromeó con que no la habían esperado para empezar. Pablo se levantó para retirarle la silla en un educado gesto caballeresco que Silvia agradeció con una sonrisa. Alzó la mano y le pidió una coronita, con tres ligeros golpes de su pinta sobre la mesa dijo “Estamos todos, que comience pues otra reunión del club, abre la sesión el honorable escritor J.P.”

Julián bebió un trago de cerveza, abrió mucho los ojos y comenzó su descripción. “No sé si recordareis que os conté que había alquilado una de las habitaciones de mi casa a fin de mejorar mi maltrecha economía. Se lo alquilé a un estudiante llamado Gabriel, alto, de gafas con pasta negra, y poco sociable. Ayer estaba repasando los periódicos cuando escuché un ruido parecido al de una explosión que venía de la cocina de casa, donde había dejado a Gabriel. En principio pensé que podía haber sido el gas y corrí hacia ella pensando en lo peor. Al llegar, lo único que encontré fue a mi inquilino tumbado sobre el suelo de la cocina. Todo su pelo estaba blanco, como el de una vieja, pero no había rastro de ninguna explosión ni nada que pudiese haber causado ese sonido. Quise preguntarle pero estaba inconsciente. Llamé a una ambulancia y se lo llevaron al hospital. Cuando entré en su cuarto en busca de la documentación vi que sobre el suelo había dibujado algunos símbolos extraños con pintura plateada. Me entró un escalofrío por el cuerpo, como si alguien me observase por encima de mi hombro, de manera que cogí su cartera que estaba sobre el escritorio, y salí de la habitación. Cuando esta mañana llamé al hospital me dijeron que estaba estable aunque inconsciente y que el pelo blanco podía haberse debido a algún tipo de estrés traumático, pero no pudieron decirme nada más”

Todos se quedaron callados lo que a Julián le pareció una eternidad. Pablo fue el primero en hablar “Tengo un amigo médico, si quieres puedo darte su número y le preguntas cual ha podido ser la causa de lo que nos cuentas” Bebió un sorbo de cerveza, y dijo “aunque suena emocionante”. Alejandro siguió pensativo mirando su pinta de cerveza casi terminada. Se le antojaba que en el fondo podían verse dibujos como en los de los posos del café. Se acordó de Paula y de la imaginación que le echaba a estas cosas. Los demás siguieron hablando pero la mente de Alejandro se alejaba intentando dar forma a la espuma del fondo de la pinta de cerveza. Lo único que pudo imaginar fue a la serpiente del Principito comiéndose un gato.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Una Vida contada por La Leica

Nadie sabía lo que buscaba el abuelo en el trastero, pero si el ruído que estaba haciendo era un indicativo del desorden, Jorge sabía que iba a pasar una tarde realmente larga volviendo a ordenarlo todo. Ya sabía él que no era buena idea dejar al abuelo ahí solo, pero su madre le había dicho que así estaría distraído un rato, de manera que Jorge pudiese dedicar un rato de tranquilidad al libro que se había comprado hacía un par de semanas. Cuando por fin logró centrarse escuchó el grito de alegría del abuelo, momento en el que supo que el libro debería esperar hasta la noche. Menudo puente en familia estaba pasando. Cinco minutos más tarde el abuelo llegó con una caja de metal que abrió delante de su nieto. Para espanto de Jorge vió que estaba llena de fotos. Mientras el abuelo se acomodaba en la mesa camilla, Jorge se acercó a la cocina y le pidió a su madre un café cargado para amenizar la tarde que se le venía encima.
El abuelo desplegó sobre la mesa varios montones de fotos en blanco y negro. Comenzó por unas fotos donde se veía a un adolescente sonriendo, junto a una bicicleta. El abuelo le contó que ese era su hermano mayor Vicente, que no conocieron porque murió después de la guerra. En la cárcel. Su rostro se arrugó, triste, dijo que desde que cumplió los quince le había apasionado las bicicletas y que durante la guerra estuvo trabajando como mensajero en el frente republicano, hasta que lo pescaron cerca de Málaga. Tuvo suerte en no ser uno de los miles de fusilados pero murió a causa de una paliza en una de las cárceles de Madrid dos años más tarde. A continuación sacó una foto de una mujer de anchos hombros, y sonrisa forzada. Con pelo negro. Con una sonrisa dijo que era la abuela y que siendo él joven, antes de que le pidiese salir, consiguió que posase para una foto, pero que como nunca le había gustado, jamás consiguió que sonriese ante una cámara. En aquel momento sacó una cámara de la caja de metal. Era negra con algunas piezas de acero ya oxidado. El abuelo sonrió y dijo, "acá está Jorge, te presento a la Leica, el ojo de mi memoria" y rió como un niño. "Esta la tuve cuando huí hasta Francia" dijo mientras señalaba un montón de fotos para que se las alcanzase "Al terminar la guerra tuve que huir con tu abuela a Francia, pa que no nos pescasen como al Vicente". "Estuvimos en casa de Jaqueline, una prima lejana que enseñaba español en una escuela en Potiers", y me enseñó una foto de una chica delgada vestida con camisa blanca y con gafas redondas. "Era una mujer inteligente, la abuela decía que escribía poemas, pero yo nunca leí ninguno". La siguiente foto que salió salía el abuelo junto a la abuela, los dos aún jóvenes, con los rostros un poco demacrados, pero sonrientes, bueno, al menos el abuelo, la abuela sólo hacía el intento. "Esta foto nos la hizo la Jaqueline a la semana de llegar. En cuanto llegamos estuvimos ayudándola con el huerto" Y me enseñó una foto de la abuela con aparejos de labranza en actitud desafiante. "La abuela ya conocía el arte de las verduras como ella decía así que en realidad nos enseñó a todos". "Estuvimos dos años con Jaqueline hasta que tuvimos dinero para probar suerte en otro país, de manera que nos embarcamos hasta Argentina". Jorge bebió un sorbo de café y miró varias fotos, una de ella de los abuelos en un barco de esos que salen en las películas de los cincuenta. En otra se veía a la abuela leyendo un libro con el mar de fondo. En una tercera en una casa de paredes verdes. "Ves esa, esa fue nuestra primera casa en Rosario, cuando llegamos allí compramos un terreno y comenzamos a plantar frutales en la vega del río Paraná. Hicimos buena vida y buenos amigos durante más de veinte años".
Volvió a pasarle fotos. En ellas se veía a su abuela con otras personas que no conocía, en algunas en fiestas bailando, en otras en una casa mayor, en otras con un par de niños pequeños, que los que reconoció como su madre y su tio. En la última vi a mi madre con la misma edad que tenía yo ahora con una mochila. El abuelo dijo: "Ves, acá tu madre un par de horas antes de volver a España, quería conocer sus raíces, y a parte la parte de la familia que se había quedado. Fue a finales de los setenta, poco antes de la muerte de Franco cuando conoció a tu padre". Y me enseñó una foto de mi padre vestido con la bata de médico junto a un naranjo. Sonrió. "Tu madre se llevó a la Leica, y me mandaba fotos de la familia, y esta fue la de tu padre. Al principio yo no quería que tuviese ninguna relación con él. Tu abuelo paterno fue teniente del ejército a las órdenes de Franco y al principio cargué a tu padre con la culpa de nuestro exilio. Pero tu madre me convenció que nada tenía el que ver, que los hijos no tienen que pagar las culpas de sus padres, y que además Don Javier estaba arrepentido por haber participado en semejante guerra". Enseñó una foto de los dos abuelos, junto al padre de Jorge. "Con los años descubrí que era un buen hombre, que simplemente luchó al otro lado, pero Jorge no vayas a creer por eso que todos eran hombres buenos, muchos de ellos se ensañaron demasiado con los vencidos".
También le enseñó una foto de un hombre alto con bigote,de mandíbula cuadrada y con aspecto serio. "Este era el Julián, cuando la mitad de las familias se marcharon del pueblo, el confiscó sus tierras. Y a algunas que no se marcharon y tenían familiares republicanos le hizo la vida imposible hasta que se marcharon bajo la amenaza de que sino serían acusados de conspirar contra el régimen". Volvió a mirar la foto. La verdad es que a Jorge le parecía un tipo normal, como los que te encuentras cuando vas a comprar a la panadería de la esquina. El abuelo siguió hablando de él. "El muy hijoputa todavía sigue vivo y su hijo es ahora alcalde del pueblo".
La madre de Jorge salió de la cocina, y les dijo que fuesen recogiendo, que la cena estaba casi lista y que su padre estaba a punto de llegar. El abuelo le enseñó a Jorge otras fotos, en una de ellas se veía a su madre con un bebe de ojos negros. "Ves, ese granujilla eras tu". Siguió enseñándole otras fotos donde aparecía algo más mayor, jugando con la pelota, o con su prima Silvia en la playa. Su madre volvió a asomarse desde la cocina advirtiendo que sino recogían tiraría todas las fotos. El abuelo metió todas las fotos en la caja de metal. Dejó la cámara fuera y salió por la puerta del salón de nuevo rumbo al sótano. Mientras salía le dijo a Jorge "Ea muchacho, sal a dar un par de vueltas a la Leica que no tiene espíritu para quedarse el resto de su vida en una caja". Jorge cogió la cámara y hizo su primera foto mientras su madre ponía la mesa.

Fantasmas

La lluvia golpeaba los cristales de la ventana con un sonido rítmico, casi hipnótico. Era fácil dejarse llevar para no pensar en nada más. Era una buena solución antes de que el destino volviese a dar una buena mano. Pero el tiempo no estaba conmigo de manera que dejó de llover, y la casa volvió a quedarse en silencio, con todo lo que éste significaba. Casi como una imposición salí de casa a pasear, a escapar del silencio que incentivaba peligrosamente mi memoria. Tomé el primer callejón a la derecha como en una huída precipitada, una huída de la ausencia.
El callejón era demasiado estrecho como para que pasase ningún coche. Carecía de puertas, solo ventanas que casi se tocaban de forma obscena. Uno de los edificios se encontraba recostado sobre uno de sus cimientos dando una sensación más claustrofóbica si cabe. No llovía, pero tampoco salía el sol. Me adentré más si cabe en el callejón, en busca de algún sonido, de algún gato que rasgase esa mortaja que comenzaba a ahogarme, pero lo único que encontré fue una pared de ladrillo. Fría e imponente. Me apoyé en ella, pegando mi oreja a su superficie, rezando por escuchar el más leve ruído. Pero nada. Solo el ruído de mi corazón asustado me respondió, mientras la pared parecía reírse para sus adentros. Quise gritar, pero me daba miedo escuchar solo mi voz de entre el silencio, sin la mínima respuesta.
Volví a salir del callejón, corrí por la calle en mitad de la noche, buscando algún sonido, algún ronquido despreocupado, alguna pareja jadeando deseo, alguna pelea interspectiva, pero la humanidad parecía complice de mi soga. Llamé a una puerta, primero con unos tímidos golpes que un instante después se convirtieron en patadas desesperadas. Entonces se encendió una luz y pronto la realidad volvió a mi. Tomé conciencia de que estaba en pijama en mitad de la noche, en mitad de la calle y corrí de regreso a casa, asustado por mi locura, asustado de lo que los demás podrían decirme en semejante estado.
De nuevo en casa el silencio me recibió con un abrazo. Entré en el dormitorio y me senté en la cama. Allí estaba la fuente del silencio, junto a mi. El silencio manaba del hueco donde dormías. El hueco manaba de tu ausencia. De la falta de tus palabras y de tus caricias. Manaba de la silueta imperceptible que habías dejado en la almohada todas las noches que te abrazabas con el brazo derecho a ella, mientras extendías el otro para tocarme. Y de nuevo el silencio, como tu fantasma se me volvió a aparecer. Aterrado, agarré unos pantalones, las llaves del coche y la cartera. Corrí hacia de el garaje y arranqué tan rápido como pude para alejarme de ti, de tu ausencia, del silencio que había hecho suyo tu fantasma.
El ronrroneo del coche me recibió como un gato amigo, que con su mirada felina me propuso escapar. El sur era buena opción. Puse la radio, sonaba una canción para alejar fantasmas. Subí el volumen mientras salía de la ciudad con el ritmo de los Who. Baba O´Riley siempre me pareció una buena canción para la banda sonora de mi vida.

martes, 30 de octubre de 2007

El Último Vuelo de Ícaro

Si una noche el destino quisiese acusarnos de infieles, esta sería la noche. Con esta afirmación comenzó aquella experiencia que me atormentaría durante años. Todavía recuerdo como el sudor frío inundaba mi frente mientras todo se precipitaba hacía el vacío. Pero déjame que retroceda, pues este no es buen comienzo para esta historia… ¿verdad doctor?

Muchas personas piensan que la verdad es un suceso inamovible, otros que es un recuerdo… Icarus Vhendeni, pensaba que la verdad es un gigantesco prisma por el cual fluye el tiempo, y que tiende a mostrarse según el haz de luz con el que se ilumine, al menos es lo que siempre decía en sus clases de Física del Espacio y el Tiempo. Al igual que su verdad, la imagen que sus alumnos podíamos recibir de él, dependían del día, la hora y la cantidad de café acumulada durante la noche anterior, algunos lo veíamos como un genio despertado de pelo rojizo y encrespado… otros como un loco de pequeñas gafas de montura de bronce quebradas por el devenir de los años. Un último grupo, generalmente femenino, lo veía como un viejo salido de labios quemados con el mismo atractivo de una tarde en el dentista. El caso, doctor, es que comencé a trabajar con él, el mismo día que terminé mi carrera. Mi trabajo de tesis, se titulaba, “Curvatura del Espacio Tiempo bajo Inducción Gravitatoria”, o como solía decir Icarus, Forja de unas Alas para Escapar de la Realidad.

Los primeros meses fueron duros, llenos de trabajo y ansiedad. Uno nunca sabía lo suficiente para estar al nivel del profesor. Cuando no era tal artículo, era tal otro. Las noches estaban llenas de ecuaciones que no comprendía, los días de discusiones por mi falta de conocimiento. Soñaba con dejar el laboratorio como habían hecho muchos otros antes que yo. Llegaron los ataques de pánico, los dolores de cabeza, las inseguridades, y con éstas, los fallos. Lo que para mi era un placer se convirtió en una tortura. Llegaba al laboratorio antes de que amaneciese y trabajaba allí durante todo el día, hasta que mi cuerpo, rendido por el cansancio me exigía volver al casa.

Y cuando pensé que no podía más el Dr. Vhendeni me llamó a su despacho. Jamás lo había visitado, siempre habíamos tenido las reuniones en la sala de juntas del edificio de investigación, pero aquel día me invitó a su cueva, como la llamaba él. Me sorprendió que aún teniendo fama de científico caótico y desorganizado, en su despacho reinaba el orden. En su escritorio sólo había un ordenador portátil y un par de fotografías, y tras éste, un enorme ventanal desde el que podía verse todo el campus. A ambas paredes laterales se hallaban recubiertas de estanterías con libros, algunos de ellos muy antiguos. Y aún así, lo que más me llamó la atención no fue ni el orden, ni los libros, ni siquiera la visión privilegiada del campus reservada tan solo a altos cargos de la universidad, lo que me llamó la atención fue la reproducción de la pintura de Draper que se encontraba al final de la habitación, entre el ventanal y el escritorio. El Lamento de Ícaro. Recuerdo que al ver que mi mirada se perdía en el cuadro, el profesor Icarus me dijo algo así como “Bueno, que esperaba, todos coleccionamos obsesiones”, momento en el que me fijé que todos y cada uno de los libros que se encontraban en la habitación hacían más o menos referencia a la leyenda del que su nombre era partícipe.

La reunión fue corta, sólo me dio un par de consejos y directrices para seguir con la investigación. Me dijo que no me extenuase, que el cansancio era enemigo de los buenos resultados, y que todavía necesitaban ese talento que tenía y por el cual me había contratado. Me sugirió unas pequeñas vacaciones, de manera que me fui un fin de semana a una cabaña a los lagos, a practicar senderismo con unos amigos.

A mi vuelta, de manera más relajada retomé mi investigación. Trabajaba en varias ecuaciones relacionadas con la gravedad y la deformación que causa esta en el tejido espacio-tiempo. Algo realmente complicado para los profanos del tema, pero se lo explicaré de otra manera. Las agujas de un reloj no marcan el paso del tiempo, sino el movimiento de los grandes cuerpos celestes a lo largo del espacio. Mi trabajo consistía en encontrar las relaciones reales entre estos movimientos. No se asuste, seguiré con mi historia ya que veo por su cara que no quiere entrar en tecnicismos.

Como bien le he dicho volví más relajado tras ese fin de semana, y los siguientes meses fueron bastante más productivos. Alternaba largas épocas de trabajo con unos merecidos descansos. Fueron meses felices de los que guardo grandes recuerdos. Conocí a Beatriz, y juntos recorrimos una gran parte de los territorios que rodean la ciudad, desde los lagos hasta las montañas Hawkings. Mi relación con el profesor se consolidó de manera que pasaba más o menos una vez por semana por su despacho para hablar de los avances de mi trabajo. Parecía muy interesado en las ecuaciones que lo relacionaban todo con la energía. Hacía un gran hincapié en ello. Me decía que mi tesis estaría completa en el momento en el pudiese calcular cuanta energía consumía el paso el tiempo.

Semanas más tarde ocurrió el milagro, encontré esa ecuación y sabe lo sorprendente. El paso del tiempo, no consume, sino que genera energía, la energía con lo que se mantiene en movimiento el universo. Cuando lo descubrí corrí hacia el despacho de Icarus. La noticia lo pilló por sorpresa. Me acuerdo que sólo exclama “Oh Dios mío, oh Dios mío, es posible” y que no dijo nada más. Me marché tan excitado como había entrado en el despacho.

Los meses que prosiguieron al descubrimiento fueron una espiral de frenesí y trabajo. El estrés pudo conmigo y con mi relación. Beatriz no podía soportar compartirme con mi trabajo, y finalmente me dejó frente a mis ecuaciones. Mientras tanto, Icarus había estado trabajando con algunos ingenieros en una aplicación práctica de mis ecuaciones. Si, como lo oye, una aplicación práctica. Simple. Sencilla. Monstruosamente real. Para contestar al pregunta. Si, la veo en sus ojos como la veía en el equipo unos días antes del día cero. Si esa duda que todos los seres humanos tenemos alguna vez en nuestra vida. Si, veo el interrogante en sus ojos, y como desean que continué. El principio es sencillo, si el paso del tiempo desprende energía, que ocurre si la aplicamos de manera reversible siguiendo un camino termodinámicamente viable. Los ingenieros tardaron cuatro meses en construir la máquina. Se acuerda de los apagones de Enero. Fuimos nosotros. Necesitábamos energía para los ensayos. Estos eran realmente prometedores. Conseguimos parar el transcurso del tiempo durante un par de días sobre objetos pequeños, desde relojes hasta cámaras de video, manzanas, lo que quisiéramos. Para ellos no pasaba el tiempo. Era increíble. Pero fuimos más allá. Queríamos saber que ocurría si aplicábamos la energía suficiente porque mis ecuaciones decían que podíamos dar marcha atrás a las agujas del reloj. En teoría podíamos invertir la dirección del tiempo, al igual que podíamos pararlo. Con la suficiente energía, pero necesitábamos una nueva máquina.

Icarus tardó varios meses en conseguir el dinero para financiar el proyecto, todo en el más absoluto de los secretos. El equipo tardó quince meses en construir la nueva máquina. Provocamos más de treinta apagones en los treinta ensayos que realizamos. Hasta que todo estuvo listo. El día cero, sólo estábamos en el laboratorio Icarus y yo. Los ingenieros se encontraban controlando las fuentes de energía que eran nuestra principal limitación. Revisamos los fusibles y los parámetros temporales de los ordenadores que controlaban el proceso. Un exceso de energía podría hacer saltar todo por los aires. Activamos el aparato, y el crepitar de la electricidad de los generadores nos indicó que todo estaba listo. El profesor dijo, “si una noche el destino quisiera acusarnos de infieles, ésta sería la noche” y apretó el botón. Entonces el silencio se adueñó de la sala como en los instantes previos a la caída de un rayo. El profesor se acercó a la máquina, a la cámara donde aplicábamos la energía para los experimentos. Abrió la puerta, y entró. Todavía no sé porqué lo hizo, teníamos cámaras para analizar el proceso. Mientras me precipitaba hacia la habitación, la luz volvió y el profesor salió. Su rostro estaba demacrado, en aquellos ojos donde unos instantes había luz, ahora había un cansancio infinito. Le pregunté y pregunté las miles de preguntas que se me pasaban por la cabeza. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Porqué?... ¿Cuánto?... ¿Cuándo? No me respondió a ninguna, solo dijo, “necesito pensar”, apagó el ordenador y se fue a su despacho.

Salí del edificio envuelto en dudas, con la esperanza de que a mi vuelta el profesor respondiese a mis preguntas. Miré hacia el ventanal. Sabía que estaba allí encerrado en un laberinto de ideas incomprensible para mi. Repentinamente el cristal del ventanal se rompió. El profesor salió despedido. El tiempo que duró su vuelo se me hizo eterno. Eterno hasta que cayó y sus sesos se desperdigaron ante mi.

Desde entonces lo recuerdo todo difuso. La policía. El ministerio precintando el edificio. Mis pesadillas. Mi cita con usted…

…El paso del tiempo.

domingo, 28 de octubre de 2007

El animal

Buscaba desesperadamente algún rasgo conocido en esa tierra extraña. Una montaña, colina o río que hiciese saltar sobre mi cerebro aquel resorte que me diría donde estaba. Pero no lo encontraba. Estaba perdido en mitad de la nada, rodeado de miles de árboles, lejos de cualquier señal y con la noche precipitándose sobre el cielo. Lo primero que hice fue refugiarme del frío que estaba por llegar. Éste se había llevado más de una vida imprudente. Me adentré en la cueva, y me deslicé hasta el fondo donde sabía que los dientes del invierno no iban a llegar. Me acurruqué sobre el musgo seco que hablaba de tiempos más húmedos para ese lugar. Cerré los ojos y pesadamente la losa del sueño cayó sobre mi.

No me acuerdo lo que soñé, pero si se que entre sueños, escuchaba como la tierra se estremecía con golpes. Escuché ruídos infernales y recogí olores desconocidos. Desagradables. Caústicos. Olí a madera quemada y a río emponzoñado.

Al despertar y al salir de la cueva todo había cambiado. Ya no me hallaba rodeado de árboles, sino de construcciones monstruosas junto al río. Los olores del bosque habían sido sustuídos por horribles hedores a hombre. A esos animales sin pelo. Habían llegado al bosque y en un inverno habían cambiado a base de fuerza el paisaje que me rodeaba. Quería escapar pero estaba débil tras el largo invierno de manera que fui a buscar comida. Cualquier cosa que me diese fuerza para escapar de lo que me rodeaba.

Olí comida, y me acerqué. Uno de los sin pelo me vió y comenzó a gritar. No tardó en aparecer más sin pelos, todos gritando de forma semejante. Me tiraron piedras, y grité furioso. Daba igual, me tiraban más piedras mientras cada vez habían más. Huí. La comida tendría que esperar, Volvería a la cueva. Pero aquellos sin pelos, me siguieron. Escuché un trueno que caía del cielo. Sentí un pinchazo en mi espalda. Todo se volvió confuso. No tenía fuerzas. Caí. Sentí dolor. Sentí dolor hasta que todo desapareció.

“Entonces dice que no tiene ninguna imperfección”

“Ninguna señora, esta piel es de la mayor calidad, tomada del animal cuando todavía está vivo”

“Por favor, ahórrese los detalles, no quiero escucharlos, por Dios, es de mal gusto”