martes, 30 de octubre de 2007

El Último Vuelo de Ícaro

Si una noche el destino quisiese acusarnos de infieles, esta sería la noche. Con esta afirmación comenzó aquella experiencia que me atormentaría durante años. Todavía recuerdo como el sudor frío inundaba mi frente mientras todo se precipitaba hacía el vacío. Pero déjame que retroceda, pues este no es buen comienzo para esta historia… ¿verdad doctor?

Muchas personas piensan que la verdad es un suceso inamovible, otros que es un recuerdo… Icarus Vhendeni, pensaba que la verdad es un gigantesco prisma por el cual fluye el tiempo, y que tiende a mostrarse según el haz de luz con el que se ilumine, al menos es lo que siempre decía en sus clases de Física del Espacio y el Tiempo. Al igual que su verdad, la imagen que sus alumnos podíamos recibir de él, dependían del día, la hora y la cantidad de café acumulada durante la noche anterior, algunos lo veíamos como un genio despertado de pelo rojizo y encrespado… otros como un loco de pequeñas gafas de montura de bronce quebradas por el devenir de los años. Un último grupo, generalmente femenino, lo veía como un viejo salido de labios quemados con el mismo atractivo de una tarde en el dentista. El caso, doctor, es que comencé a trabajar con él, el mismo día que terminé mi carrera. Mi trabajo de tesis, se titulaba, “Curvatura del Espacio Tiempo bajo Inducción Gravitatoria”, o como solía decir Icarus, Forja de unas Alas para Escapar de la Realidad.

Los primeros meses fueron duros, llenos de trabajo y ansiedad. Uno nunca sabía lo suficiente para estar al nivel del profesor. Cuando no era tal artículo, era tal otro. Las noches estaban llenas de ecuaciones que no comprendía, los días de discusiones por mi falta de conocimiento. Soñaba con dejar el laboratorio como habían hecho muchos otros antes que yo. Llegaron los ataques de pánico, los dolores de cabeza, las inseguridades, y con éstas, los fallos. Lo que para mi era un placer se convirtió en una tortura. Llegaba al laboratorio antes de que amaneciese y trabajaba allí durante todo el día, hasta que mi cuerpo, rendido por el cansancio me exigía volver al casa.

Y cuando pensé que no podía más el Dr. Vhendeni me llamó a su despacho. Jamás lo había visitado, siempre habíamos tenido las reuniones en la sala de juntas del edificio de investigación, pero aquel día me invitó a su cueva, como la llamaba él. Me sorprendió que aún teniendo fama de científico caótico y desorganizado, en su despacho reinaba el orden. En su escritorio sólo había un ordenador portátil y un par de fotografías, y tras éste, un enorme ventanal desde el que podía verse todo el campus. A ambas paredes laterales se hallaban recubiertas de estanterías con libros, algunos de ellos muy antiguos. Y aún así, lo que más me llamó la atención no fue ni el orden, ni los libros, ni siquiera la visión privilegiada del campus reservada tan solo a altos cargos de la universidad, lo que me llamó la atención fue la reproducción de la pintura de Draper que se encontraba al final de la habitación, entre el ventanal y el escritorio. El Lamento de Ícaro. Recuerdo que al ver que mi mirada se perdía en el cuadro, el profesor Icarus me dijo algo así como “Bueno, que esperaba, todos coleccionamos obsesiones”, momento en el que me fijé que todos y cada uno de los libros que se encontraban en la habitación hacían más o menos referencia a la leyenda del que su nombre era partícipe.

La reunión fue corta, sólo me dio un par de consejos y directrices para seguir con la investigación. Me dijo que no me extenuase, que el cansancio era enemigo de los buenos resultados, y que todavía necesitaban ese talento que tenía y por el cual me había contratado. Me sugirió unas pequeñas vacaciones, de manera que me fui un fin de semana a una cabaña a los lagos, a practicar senderismo con unos amigos.

A mi vuelta, de manera más relajada retomé mi investigación. Trabajaba en varias ecuaciones relacionadas con la gravedad y la deformación que causa esta en el tejido espacio-tiempo. Algo realmente complicado para los profanos del tema, pero se lo explicaré de otra manera. Las agujas de un reloj no marcan el paso del tiempo, sino el movimiento de los grandes cuerpos celestes a lo largo del espacio. Mi trabajo consistía en encontrar las relaciones reales entre estos movimientos. No se asuste, seguiré con mi historia ya que veo por su cara que no quiere entrar en tecnicismos.

Como bien le he dicho volví más relajado tras ese fin de semana, y los siguientes meses fueron bastante más productivos. Alternaba largas épocas de trabajo con unos merecidos descansos. Fueron meses felices de los que guardo grandes recuerdos. Conocí a Beatriz, y juntos recorrimos una gran parte de los territorios que rodean la ciudad, desde los lagos hasta las montañas Hawkings. Mi relación con el profesor se consolidó de manera que pasaba más o menos una vez por semana por su despacho para hablar de los avances de mi trabajo. Parecía muy interesado en las ecuaciones que lo relacionaban todo con la energía. Hacía un gran hincapié en ello. Me decía que mi tesis estaría completa en el momento en el pudiese calcular cuanta energía consumía el paso el tiempo.

Semanas más tarde ocurrió el milagro, encontré esa ecuación y sabe lo sorprendente. El paso del tiempo, no consume, sino que genera energía, la energía con lo que se mantiene en movimiento el universo. Cuando lo descubrí corrí hacia el despacho de Icarus. La noticia lo pilló por sorpresa. Me acuerdo que sólo exclama “Oh Dios mío, oh Dios mío, es posible” y que no dijo nada más. Me marché tan excitado como había entrado en el despacho.

Los meses que prosiguieron al descubrimiento fueron una espiral de frenesí y trabajo. El estrés pudo conmigo y con mi relación. Beatriz no podía soportar compartirme con mi trabajo, y finalmente me dejó frente a mis ecuaciones. Mientras tanto, Icarus había estado trabajando con algunos ingenieros en una aplicación práctica de mis ecuaciones. Si, como lo oye, una aplicación práctica. Simple. Sencilla. Monstruosamente real. Para contestar al pregunta. Si, la veo en sus ojos como la veía en el equipo unos días antes del día cero. Si esa duda que todos los seres humanos tenemos alguna vez en nuestra vida. Si, veo el interrogante en sus ojos, y como desean que continué. El principio es sencillo, si el paso del tiempo desprende energía, que ocurre si la aplicamos de manera reversible siguiendo un camino termodinámicamente viable. Los ingenieros tardaron cuatro meses en construir la máquina. Se acuerda de los apagones de Enero. Fuimos nosotros. Necesitábamos energía para los ensayos. Estos eran realmente prometedores. Conseguimos parar el transcurso del tiempo durante un par de días sobre objetos pequeños, desde relojes hasta cámaras de video, manzanas, lo que quisiéramos. Para ellos no pasaba el tiempo. Era increíble. Pero fuimos más allá. Queríamos saber que ocurría si aplicábamos la energía suficiente porque mis ecuaciones decían que podíamos dar marcha atrás a las agujas del reloj. En teoría podíamos invertir la dirección del tiempo, al igual que podíamos pararlo. Con la suficiente energía, pero necesitábamos una nueva máquina.

Icarus tardó varios meses en conseguir el dinero para financiar el proyecto, todo en el más absoluto de los secretos. El equipo tardó quince meses en construir la nueva máquina. Provocamos más de treinta apagones en los treinta ensayos que realizamos. Hasta que todo estuvo listo. El día cero, sólo estábamos en el laboratorio Icarus y yo. Los ingenieros se encontraban controlando las fuentes de energía que eran nuestra principal limitación. Revisamos los fusibles y los parámetros temporales de los ordenadores que controlaban el proceso. Un exceso de energía podría hacer saltar todo por los aires. Activamos el aparato, y el crepitar de la electricidad de los generadores nos indicó que todo estaba listo. El profesor dijo, “si una noche el destino quisiera acusarnos de infieles, ésta sería la noche” y apretó el botón. Entonces el silencio se adueñó de la sala como en los instantes previos a la caída de un rayo. El profesor se acercó a la máquina, a la cámara donde aplicábamos la energía para los experimentos. Abrió la puerta, y entró. Todavía no sé porqué lo hizo, teníamos cámaras para analizar el proceso. Mientras me precipitaba hacia la habitación, la luz volvió y el profesor salió. Su rostro estaba demacrado, en aquellos ojos donde unos instantes había luz, ahora había un cansancio infinito. Le pregunté y pregunté las miles de preguntas que se me pasaban por la cabeza. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Porqué?... ¿Cuánto?... ¿Cuándo? No me respondió a ninguna, solo dijo, “necesito pensar”, apagó el ordenador y se fue a su despacho.

Salí del edificio envuelto en dudas, con la esperanza de que a mi vuelta el profesor respondiese a mis preguntas. Miré hacia el ventanal. Sabía que estaba allí encerrado en un laberinto de ideas incomprensible para mi. Repentinamente el cristal del ventanal se rompió. El profesor salió despedido. El tiempo que duró su vuelo se me hizo eterno. Eterno hasta que cayó y sus sesos se desperdigaron ante mi.

Desde entonces lo recuerdo todo difuso. La policía. El ministerio precintando el edificio. Mis pesadillas. Mi cita con usted…

…El paso del tiempo.

domingo, 28 de octubre de 2007

El animal

Buscaba desesperadamente algún rasgo conocido en esa tierra extraña. Una montaña, colina o río que hiciese saltar sobre mi cerebro aquel resorte que me diría donde estaba. Pero no lo encontraba. Estaba perdido en mitad de la nada, rodeado de miles de árboles, lejos de cualquier señal y con la noche precipitándose sobre el cielo. Lo primero que hice fue refugiarme del frío que estaba por llegar. Éste se había llevado más de una vida imprudente. Me adentré en la cueva, y me deslicé hasta el fondo donde sabía que los dientes del invierno no iban a llegar. Me acurruqué sobre el musgo seco que hablaba de tiempos más húmedos para ese lugar. Cerré los ojos y pesadamente la losa del sueño cayó sobre mi.

No me acuerdo lo que soñé, pero si se que entre sueños, escuchaba como la tierra se estremecía con golpes. Escuché ruídos infernales y recogí olores desconocidos. Desagradables. Caústicos. Olí a madera quemada y a río emponzoñado.

Al despertar y al salir de la cueva todo había cambiado. Ya no me hallaba rodeado de árboles, sino de construcciones monstruosas junto al río. Los olores del bosque habían sido sustuídos por horribles hedores a hombre. A esos animales sin pelo. Habían llegado al bosque y en un inverno habían cambiado a base de fuerza el paisaje que me rodeaba. Quería escapar pero estaba débil tras el largo invierno de manera que fui a buscar comida. Cualquier cosa que me diese fuerza para escapar de lo que me rodeaba.

Olí comida, y me acerqué. Uno de los sin pelo me vió y comenzó a gritar. No tardó en aparecer más sin pelos, todos gritando de forma semejante. Me tiraron piedras, y grité furioso. Daba igual, me tiraban más piedras mientras cada vez habían más. Huí. La comida tendría que esperar, Volvería a la cueva. Pero aquellos sin pelos, me siguieron. Escuché un trueno que caía del cielo. Sentí un pinchazo en mi espalda. Todo se volvió confuso. No tenía fuerzas. Caí. Sentí dolor. Sentí dolor hasta que todo desapareció.

“Entonces dice que no tiene ninguna imperfección”

“Ninguna señora, esta piel es de la mayor calidad, tomada del animal cuando todavía está vivo”

“Por favor, ahórrese los detalles, no quiero escucharlos, por Dios, es de mal gusto”

viernes, 17 de agosto de 2007

La Canción de la Abuela Paca

Mi abuela me contó una vez que en los tiempos en que vivimos nuestra sangre ya no es necesaria, que somos una canción perdida que sólo los locs pueden escuchar y que la luna ya no teje con nuestros hilos. Mi abuela era una mujer fuerte, de alma madrugadora y sonrisa enigmática, de esas que saben que las tormentas traen algo más que agua y viento.

Criada bajo las sombras de la montaña no salió nunca del pueblo con sus pies. Le gustaba cantar mientras hacía punto, decía que para atar un sentimiento bello a mi bufanda. Cuando compraba pan se colocaba una moneda de cobre bajo la lengua, decía que para que nunca se acabase. Los días de lluvia pintaba con tiza un círculo en una gran olla de cobre que guardaba en el desván y la colocaba fuera de casa, decía que para alimentar al hambriento trueno. La mala suerte la ahuyentaba colocándoles cascabeles a los gatos. Sus huesudos dedos jugaban con las cartas como el que escribe cartas de amor. Bebía licor de miel para que su voz no temblase jamás por el miedo, pues decía que era el secreto de los valientes.

Todavía no había empezado a andar cuando mis padres murieron en un incendio. Como no tenía más familiares la abuela se hizo cargo de mi. Me hizo una cuna con el tronco hueco de un árbol que varios vecinos ayudaron a tranportar hasta su casa, pero finalmente sólo sirvió para que su gato durmiese en ella ya que sólo me quedaba dormida si me hacía un hueco en su cama. Crecí y dejé de perseguir a las gallinas para ganarme la vida remendando las ropas viejas de los del pueblo mientras la abuela cuidaba del huerto. Algunas veces venía alguna vecina para que la abuela le aliviase un dolor de huesos con algún ungüento o le enseñase a coger buenas setas. Otras simplemente se reunían ella y otras comadres alrededor del fuego a jugar a las cartas mientras buscaban pareja a las jóvenes casaderas.

Y una mañana desapareció. En el pueblo la intranquilidad corrió como una riada ya que la abuela Paca era conocida por todos como la vieja que arreglaba lo torcido por un poco de leche y pan. Los secretos que su lengua atesoraban se fueron con ella y poco a poco los niños del pueblo volvieron a tener pesadillas. Éstas como sombras los acechaban esperando que cerrasen sus ojos. Lobos, ogros, sangre y gusanos. Pústulas y abandonos susurraban el oído de los soñadores que despertaban entre llantos y gritos. Semanas más tarde los niños comenzaron a enfermar. El médico del pueblo se consumía en la ignorancia pues sus remedios nadan podían hacer con la enfermedades que acosaban a los infantes. La falta de sueño espesaba su sangre hasta que nada podían hacer, no jugaban ni reían, y el pueblo se rindió a la desesperación.

Recordé que un día siendo muy pequeña, la abuela me llevó al bosque en busca de hierbas para curar algunos males. Busqué entre sus cacharros por si encontraba algo que me ayudase a curar a los niños, pero nada, ni hierbas ni ungüentos para curar los malos sueños que espesan la sangre. Entonces me acordé de la canción que mi abuela cantaba cuando tejió mi bufanda. “Teje la araña una nana para que los niños duerman. Teje la araña una nana que la pesadilla tema. Hebra de lana para que su boca no abra, hilo de seda para que sus ojos no vean. Teje la araña un capullo en el que la pesadilla duerma, bajo el cielo estrellado donde los sueños sean, sean la luz bajo la que la araña teja”

Así una noche tomé la bufanda que mi abuela me había tejido y caminé hasta la montaña para buscar a la pesadilla. El camino era tortuoso, lleno de piedras afiladas que dañaban mis pies. Cuando llegó la medianoche encontré su rastro. No era difícil de seguir, huellas de plata y sangre se deslizaban por el camino. Tomé un sorbo de licor de miel para que mi voz no temblase y continué hacia la cima de la montaña a donde se dirigía el rastro. Cuando mis pies tocaron las piedras más altas la vi. Bailaba bajo las estrellas vestida con escamas verdes, sonriente y con grandes manos. Mitad sombra, mitad viento. Bailaba con luces de colores que venían del pueblo, algunas reían y otras jugaban alrededor de la pesadilla, mientras esta siseaba y sonreía. De vez en cuando abría su gran boca y tragaba una de las luces de colores al mismo tiempo que escupía un gusano de sangre que desaparecía en el suelo.

Entonces ocurrió, salió la luna y la pesadilla comenzó a sisear cada vez más fuerte al tiempo que las luces comenzaba a bailar frenéticamente alrededor de su boca. Supe que ese era el momento. Salté ante ella y agarré su largo cuello con mi bufanda. Gritó y silbó hasta que mi pelo se volvió cano y mi piel se arrugó con el terror. La bufanda se fue estirando rápidamente y fue envolviendo a la pesadilla como por arte de magia hasta que la cubrió totalmente, mientras ésta no dejaba de agitarse y silbar. De pronto dejó de moverse. El capullo que había creado la bufanda se estiró sobre si mismo, se elevó unos metros y desapareció con un sonido seco como cuando se golpea con un gran libro una mesa.

Quedé muy cansada y bajé al pueblo por el mismo sendero que había seguido a la pesadilla. Bajo la luz de la luna llegué a casa a duras penas, tanto que me quedé dormida en la mecedora de la puerta.

Me desperté con la risa de los niños. Cantaban una canción mientras bailaban a mi alrededor.

“ La abuela Paca, la abuela Paca. Flaca como un palo y blanca como la luna. Cuelga cascabeles a lo gatos y plumas a las cunas. Se mece todas las noches, esperando que llueva. Canta todas las noches despacio, la nana de las cuevas. Teje, teje como araña esperando que mañana no veas, la bella red con la que caza cosas feas”

viernes, 10 de agosto de 2007

El té de la mañana

El agua había comenzado a hervir. Tomó la tetera con un par de cucharadas de té negro y un poco de corteza de naranja. Vertió el agua y esperó. Mientras pensaba en Gabriel, el chico extraño al cual había alquilado la habitación. Las primeras semanas de convivencia fueron complicadas y aún así se habían ido adaptando el uno al otro. Tenía horarios intempestivos. Trabajaba, según decía, en un proyecto de último curso de una carrera de letras. El tema de trabajo, los sueños a lo largo de la literatura. Por no hablar de esas extrañas conversaciones telefónicas que mantenía a medianoche.

El té estaba listo de manera que tomó el colador y se sirvió una generosa taza. Añadió algunas gotas de leche y un par de cucharadas de azúcar. Camino del estudio se encontró con Gabriel. Sus ojeras hablaban por él. Había vuelto a tener una larga noche de trabajo junto a los libros con los que tan comúnmente lo veía. Julián hubiese preferido que hubiese venido de alguna juerga. Hubiese sido menos preocupante. Se saludaron con un forzado buenos días y cada uno siguió con su camino. Gabriel a la cocina y Julián al estudio. Otra cosa que lo inquietaba era que tras un par de meses los datos que había acumulado sobre Gabriel eran escasos. Parecía como sino tuviese otra vida que no fuese la de los libros que atesoraba y leía noche a noche con una ansiedad obsesiva. Calculaba en unos trescientos volúmenes los libros que se habían ido sumando a los suyos durante estos últimos meses. Eso sí de temática lejana a lo que él había estado leyendo. Historia y mitología griega y romana, esoterismo, psicología, metafísica y algo de anatomía. Esto último lo recuerda con especial desagrado ya que hojeando estos libros fue donde encontró fotos sobre la disección de un cerebro, fotos que le dieron pesadillas durante un par de días.

Se sentó delante del ordenador, y mientras se encendía tomó un sorbo de té. Sus pensamientos sobre Gabriel fueron sustituyéndose por pensamientos sobre la casa. Estaba muy orgulloso de cómo había quedado ésta, en especial de su dormitorio y el estudio. Con el primero todavía no se había decidido a poner el cabecero barroco que había encontrado sobre su cama, pero aún así le gustaba sentarse delante de él algunas noches y seguir observándolo. Con cada vistazo aparecían nuevos detalles que desplazaban su atención sobre los descubiertos días anteriores. Descubrió un gato que sonreía como el del cuento de Lewis Carroll, incluso uno que le recordaba mucho al gato de Silvia, Hamlet. Descubrió un barco sobre el mar que se veía al fondo. Descubrió lo que parecía un ángel que espiaba desde una nube como si estuviese al acecho. Descubrió que la vieja que compraba el pan se parecía mucho al retrato de un cuadro ajado que encontró cuando hizo la primera limpieza y si algún momento pensó que esto era una mera casualidad, le inquietó más el hecho de que curioseando con una lupa la vieja miraba al espectador de la cabecera. Se sorprendió con hasta que punto habían prestado atención a los detalles de la cabecera.

Tentado por el mundo exterior se puso a hojear algunos periódicos digitales mientras bebía el té con sorbos cortos. Todos contaban las mismas cosas. La situación política del país, que no era muy distinta a la de hace un año, dos partidos enfrentados por el poder como dos perros hambrientos que se pelean por el mismo trozo de carne. Algún fichaje nuevo de algún equipo de fútbol. Seguían muriendo inocentes, y no tan inocentes en oriente próximo. Al llegar a las secciones de cultura se sorprendió así mismo leyendo con todo detalle las críticas de los nuevos libros, cosa que se juró que no haría mientras escribía el suyo. Había una nueva exposición en el museo de arte moderno de la ciudad llamada “Sueños mientras el mar susurra”. Pensó que quizás fuese una buena ocasión para invitar a Silvia y a su amiga rubia a dar un paseo.

Terminó el té y fantaseó un poco con las figuras que habían formado los posos. Podían ser cualquier cosa, un gato, una nube o una niña pequeña. Cerró todos los periódicos y dejó de imaginar como sería un encuentro con la amiga de Silvia. Abrió el archivo del capítulo con el que estaba y…

… entonces ocurrió se escuchó un fuerte silbido seguido de un golpe seco que hizo temblar la casa.

… venía de la cocina, donde estaba Gabriel.

Un martes cualquiera (Artista invitada: Kandela)

Silvia se ha levantado con dolor de cabeza. Demasiadas historias en su cabeza. Lo que le contó anoche Julián le parece afán de protagonismo. Su mejor amigo se parece en eso a su hija, que no se les puede dejar solos, no paran de llamar su atención. Y Julián es propenso a inventarse historias. Ahora que se acaba de comprar una casa con vistas al cementerio tiene la excusa perfecta. Que su inquilino es raro. Raro es el nuevo director que no para de criticarla, que si coge el violín de forma rara, que si ha desafinado. Ella no desafina, lo sabe todo el mundo. Y el violín suena perfecto, no desafina tampoco el violín. Pero el tipo este no para de darse importancia. Supone que por el mismo motivo que todos, está desplegando su cola de pavo real ante la jovencísima y guapísima Claudia, la pianista estrella.

Dolor de cabeza y de ovarios. Mira sus braguitas nuevas manchadas y piensa que no ha podido empezar peor su día. Le espera un nuevo atasco, un nuevo día de perros, llevar a su hija a la guardería, mostrarse sonriente para que María no se preocupe. Y no sabe cómo pero aun así preguntará si pasa algo raro, como si tuviera un sexto sentido, tan intuitiva como Julián. A lo mejor me sale escritora también, piensa. Y se pregunta cómo va a tocar bien si la música se siente, y lo único que siente ella últimamente es ganas de escapar. A lo mejor podría darle ese matiz al violín, pero se teme que no gustará especialmente al nuevo director, tan minimal él, tan propenso a los sentimientos contenidos.

Se levanta despacio, intentando no hacer ruido para que María duerma plácidamente cinco minutos más y ella poder tomar su café en silencio, disfrutando de la brisa del mar en la terraza. Como todas las mañanas su gato se despierta con ella y comienza a ronronear, le acaricia y se apoya sobre su pecho, reclama sus mimos y juega cinco minutos con él, con desgana, con cariño, ese gato rubio y blanco que la vuelve loca. Se lo regaló su hermana al poco de separarse, para que no faltara un macho dominante en casa, menudo humor negro que tiene la jodía, piensa cada vez que la ve. Y no se le ocurrió otra cosa que llamarle Hamlet, por sus andares de príncipe, y por aquello de que los gatos pueden hablar con los muertos. Pues espero que no, le contestó ella y el primer día que pisó su casa, tan pequeñito que hasta su propia hija tuvo ganas de protegerlo.

Un café y una ducha rápida. El gato la ha entretenido demasiado y ya llega tarde. María duerme plácidamente, agarrada a su peluche, un osito rojo y blanco que ya ha pasado por varios primos y tiene un aspecto sucio y desarrapado pero que teme tirar porque parece el juguete favorito de su niña. Se frota los ojos, cómo te gusta dormir, mi amor, la susurra, ya tienes preparada la leche, corre.

Se termina de vestir, de pintar, de vestir a su hija, que también se quiere pintar pero que no la deja, que eres demasiado pequeña, cielo, cuando crezcas, y la niña protesta pero en seguida se distrae con el gato, que corre por el pasillo hasta esconderse debajo de la cama. En el coche pone las Variaciones de Shöenberg a ver si así se relaja. Saluda al portero, ata a la niña y al doblar la esquina, por un momento y sin estar demasiado segura le ha parecido ver una figura por el espejo retrovisor parecida a la descripción que le dio la noche anterior Julián: un tipo alto, joven, moreno, con gafas de pasta negra. Tendrá que preguntarle si usa unas Converse All Star en azul desgastado y una camiseta de Pearl Jam.

sábado, 4 de agosto de 2007

El Inquilino

La tarde caía sobre la ciudad cuando Silvia terminó su ensayo. Estaba cansada y quería volver a casa, darse una ducha e irse a la cama. Lo necesitaba, hoy no había estado especialmente inspirada con el violín y quería olvidarse de su día de trabajo. Estaba buscando las llaves del coche cuando recibió una llamada de Julián. Le dijo que quería hablar con ella, que ayer había tenido un día un poco raro. Tras un par de evasivas, finalmente accedió a una cena rápida en el paseo marítimo. Pensó con resignación que la ducha tendría que esperar.

Lo primero que le dijo Julián es que había logrado alquilar una de las habitaciones. Recibió una llamada ayer por la mañana de un chico con voz grave que quería alquilar una habitación en un lugar tranquilo y céntrico. Quería ver la habitación cuanto antes, pues decía que sólo estaría un par de días en la ciudad y a su vuelta quería tener solucionado el problema del alojamiento. Julián prosiguió describiendo al chico. “Alto y delgado, muy serio, con gafas de pasta negra que escondían unos ojos negros que no paraban de mirarme fijamente”, dijo. “Se presentó como Gabriel. Estuvo mirando la habitación y las vistas. Le pregunté si le disgustaban las vistas al cementerio, que si era así podía acomodar otra de las habitaciones, algo más pequeña, que mira al mar. Dijo que no hacía falta”. Paró su relato para morder un pedazo de pizza. Silvia lo miró y le preguntó si al final se había quedado con la habitación. Julián le dijo que sí y que le había pagado de inmediato, de manera que Silvia le preguntó que entonces dónde estaba el problema. Julián soltó un largo "pues..." de manera indecisa. “Verás, lo extraño ocurrió después” dijo, “Cuando se fue, me dijo que quería dejar unas cosas en la habitación y que necesitaría un par de estanterías”. “Dejó una caja con libros y una lámpara antigua de esas de los barcos que funcionan con aceite y se fue diciendo que volvería en una semana”. “Anoche estaba a punto de irme a la cama cuando sonó el teléfono, cuando lo cogí no escuché a nadie al otro lado del auricular pero escuchaba el sonido del mar, como en una caracola de manera que colgué”. Silvia le dijo que seguramente habría sido una equivocación y que al no escuchar una voz conocida no le contestó. “Ya, eso pensé yo, pero lo extraño es que mientras intentaba escuchar alguna voz me pareció ver que había luz en la habitación que había alquilado. Al colgar, la luz se apagó. Cuando me acerqué a la habitación todo seguía como la dejé, con la caja de libros y la lámpara”. Silvia le dijo que podía haber sido alguna luz que se colase por la ventana. Julián la miró con cara de preocupación y le dijo que prefería que la luz viniese de la habitación ya que la única ventana que tenía daba al cementerio.

Tras la conversación sobre el nuevo inquilino de Julián, Silvia desplazó la conversación a otros derroteros menos inquietantes. Le preguntó cómo iba su libro, que si le quedaba mucho. Él le dijo que no había tenido mucho tiempo para escribir durante la mudanza y los arreglos de la casa, pero que ahora que había terminado la vorágine, había vuelto a sentarse delante del ordenador sin mucho éxito. Estaba atascado en la trama argumental ya que veía que iba a perder el interés del lector si no buscaba algo que lo enganchase. Comenzó a describirle parte de la trama pero cuando Silvia bostezó con cierto disimulo, Julián comprendió que su amiga estaba realmente cansada, de manera que se disculpó y le dijo que era tarde, que era hora de volver a casa.

Cuando Silvia se puso bajo el chorro de agua de la ducha no se lo podía creer. Había sido un día realmente largo. Dejó que el agua caliente corriese y corriese por su cuerpo, dejando que arrastrase la tensiones del día, incluidas las preocupaciones que le había contagiado Julián. Pensó en lo que le había contado. Ciertamente era extraño pero seguro que había una explicación para todo aquello, y tarde o temprano se enterarían.

jueves, 2 de agosto de 2007

Se alquila habitación

Tenía que reconocer que era un buen anuncio porque cuando lo leyó jamás pensó que la casa iba a estar en tan mal estado. Julián tenía la esperanza de haber encontrado la oportunidad que estaba buscando. Hogar amplio con cuatro dormitorios, cerca del centro, con hermosas vistas, precio a discutir. Lo que encontró fue algo muy distinto. Casa ruinosa llena de basura, en una parte del centro donde solo los borrachos se acercaban a aliviar la vejiga. Y lo de hermosas vistas, bueno, el anuncio no decía que era la antigua casa del guarda del cementerio de San Miguel. Eso si, el precio era razonable. Julián estuvo pensando durante varios días la oferta hasta que finalmente se decidió favorablemente, no podía negar que era un sitio tranquilo y barato, las vistas eran prescindibles.

El señor Golai, el de la inmobiliaria, era de esos tipos que junto a un aspecto inquietante presentaban un comportamiento aún más extraño. Alto, pálido y con cejas muy pobladas. De pocas palabras siempre terminaba cualquier comentario con una sonrisa claramente forzada. Lo único que Julián pudo saber sobre la historia de la casa es que la mujer del antiguo propietario fue ingresada en el sanatorio de las Hermanas de Santa Catalina. En ese momento estuvo por echarse atrás, pero necesitaba encontrar un lugar donde vivir, y los actuales precios no daban mucho donde elegir. Firmó las escrituras y el señor Golai suspiró aliviado, gesto que turbó más si cabe la tranquilidad de Julián.

Las primeras semanas llenaron la casa de albañiles, fontaneros y electricistas que aumentaron la habitabilidad de la misma. Los antiguos muebles fueron sustituidos por versiones más acogedoras procedentes de una cadena de tiendas italianas. La madera de cerezo eliminó ese olor a carcoma y polilla que llenaba el salón. Junto a la chimenea emplazó un par de sillones de color verde a juego con las cortinas. Sillones que invitaban a una taza de chocolate caliente junto a un buen libro. Eliminó los fogones de la cocina emplazando en su lugar una vitro cerámica de esas que no hace falta limpiar. Quitó el papel pintado de los dormitorios y los pintó de colores cálidos y agradables con nombres frutales. Lo único que no tiró fue la cabecera de la cama del dormitorio principal. Parecía una antigua obra de arte, un poco recargada pero que en general daba buenas vibraciones. Ésta estaba dividida en cuatro secciones, las dos patas, el centro y la parte superior. La pata derecha parecía el tronco de un gran árbol que nacía del suelo, y cuyas ramas se adentraban en el tablero central. El tronco estaba lleno de agujeros y por cada uno de ellos miraba un gato. Las ramas estaban llenas de búhos y alondras con distintas poses. La pata izquierda era una gran torre en la que incluso los ladrillos estaban tallados sobre la madera. Al contrario que el tronco del árbol solo tenía cinco ventanales por los que se asomaban algunos personajes, excepto el cuarto que parecía vacío. Desde el último se veía lo que parecía un mago que observaba el cielo con un catalejo. La parte central representaba en un primer plano una ciudad medieval con un puerto. Al fondo se veía el mar y a la derecha un bosque. A primera vista la ciudad parecía desierta, pero una mirada más atenta revelaba más detalles. Una vieja comprando el pan en lo que parecía un mercado, un joven arrodillado junto a una dama o un chico jugando con un perro entre otros. La madera de la parte superior de la cabecera tenía un tono más claro. Representaba un cielo lleno de nubes con una gran luna sobre ellas. Las nubes insinuaban algunas formas que parecían convertirse en objetos y animales. En resumidas cuentas, la cabecera de la cama era impresionante.

Dos meses más tarde la casa parecía otra. Reservó uno de los dormitorios como un estudio mientras que arregló los otros dos para poder alquilarlos. Los gastos en la remodelación de la casa habían sido excesivos, en especial las obras realizadas en el salón. Ahora éste se dividía en dos, uno más amplio y moderno con las funciones de comedor y lugar de encuentro y otro destinado a convertirse en una pequeña biblioteca con dos sillones y una chimenea.

Las preocupaciones económicas no tardaron en hacer la suficiente presión sobre la vida de Julián como para que éste se decidiese a alquilar una de las habitaciones. Llamó a un periódico local y a la siguiente mañana apareció en la edición del jueves el siguiente anuncio:

"Se alquila habitación luminosa en una casa del centro de la ciudad.

Totalmente reformada.

Zona tranquila sin problemas para el aparcamiento.

A dos minutos de la parada de metro de San Miguel.

Precio a convenir”