martes, 10 de marzo de 2009

Reflexiones de la Muerte para un Día Soleado


    La mañana que murió Pablo hacía un tiempo magnífico. Fue uno de los días más luminosos que recuerdo. La tormenta había dado paso a un sol radiante y los charcos reflejaban toda su luz. Pablo se dirigía al trabajo como un día más. Se levantó temprano y preparó el desayuno mientras el ruido de las noticias matutinas llenaba la casa. Tomó un café solo y un par de tostadas con mantequillas y mermelada. Se vistió con un par de vaqueros gastados y una camiseta de la universidad. Metió en su mochila el portátil y bajó apresuradamente las escaleras. La calle lo esperaba llena de color y música y Pablo le respondió con una sonrisa, pues así era Pablo. Sus amigos podrían decir de él maravillas, pero valga a modo de resumen que era un buen estudiante, amigo de sus amigos y con cierto tinte altruista y caballeroso. Su gusto por las plantas y su amor por la naturaleza lo embarcó rumbo a la botánica. Físicamente no se puede decir mucho de él, pero valga como registro escrito que era bajo, de pelo castaño y espaldas anchas. Sus ojos eran marrones, bastantes expresivos y siempre atentos a lo que pasaba a su alrededor.
    Damián llevaba una mañana de perros. Se había levantado tarde y no le había dado tiempo a lavarse los dientes por lo que fue todo el camino hasta el coche lamentándose por su aliento agrio que todavía tenía de la noche anterior. Todavía no conozco a Damián, pero dadas como están las cosas sé que lo conoceré un poco tiempo. Baste escribir que Damián es de esos tipos gruñones que no le han encontrado más significado a la vida que el del dinero. Esa mañana se montó en su BMW dispuesto a ir a la inmobiliaria para cerrar un par de tratos que tenía pendientes desde la semana anterior. Pensar en el jugoso margen de beneficios no indució ni la mínima de las sonrisas, quizás porque solo era un negocio más que iba a añadir algún número a su cuenta. Damián también tenía amigos que veía de vez en cuando, pero la opinión que tenían de éste era bien distinta de la que tenían los amigos de Pablo del difunto. Baste escribir sobre este registro que era egoista y egocéntrico, y que sus amigos eran pequeños carroñeros a la espera de que la bestia se cansase de la carne.
    Los hechos que precipitaron la muerte de Pablo fueron fortuitos, o al menos así quedaron refejados en el informe de atestados de la policía. Para mi fueron distintos. Un coche, un descuído y otro alma de peatón desorientada sobre el asfalto. Hubiese preferido llevarme al conductor pero no me malinterpretes, la justicia se la dejo a otros, lo mio es una cuestión práctica, este tipo de personas siempre me dan más trabajo del necesario hasta que por fin se mueren y paso a llevarme su alma.

domingo, 1 de marzo de 2009

Uno que comienza con Coltrane

     Pensé que una buena historia debía comenzar con Coltrane, de manera que ahí estabamos Coltrane, Cortazar y yo subidos en un tren, lejos, lejos del frío y la nieve. Rayuela descansaba junto a mi asiento mientras el paisaje nocturno desfilaba por la ventana. El destino poco importaba porque la fin y al cabo, solo el viaje en sí ya me producía un sentimiento de bienestar. Huir, o avanzar hacia lo desconocido, a la aventura, dejaba que nuevas imágenes se imprimesen en mis retinas. El saxofón de Coltrane construía el Giant Steps con fuerza y energía, imprimendo en las escalas el ritmo de las noches azules de Nueva York.
     Iba solo en el vagón, solo con mis recuerdos intentando escribir un cuento de mi vida en 65 palabras, como la película de Ripoll, y sin embargo solo me salía un principio triste y sin personalidad en ausencia de una buena lavadora, lejos de cualquier inicio brillante, asi que decidí empezar mi cuento con Coltrane. Me acomodé en el asiento y dejé que las palabras fluyesen como las notas del saxo. Pensaba que mi vida había sido un cúmulo de azares y desencuentros. Pongamos el día que te conocí. 
     Llovía y nos empapamos en el trayecto del coche a aquel bar. Allí conocías a todo el mundo. Yo era un extraño que había coincidido unos días en la ciudad, un poco perdido, con la barba de hacía varios días y con ganas de volver a casa. Me había arrepentido de tomarme unos días más tras el congreso para conocer la ciudad. Todos habían vuelto a casa y allí estaba yo, mochila en mano. Perdido. No tardé en descubrir que la ciudad me había dado en dos días todo lo que podía dar de sí. Echaba de menos el Barrio Alto de Lisboa o la Latina de Madrid. Me metí en aquel bar a tomar un ron acompañado de Rayuela. Desde entonces siempre lo llevo como un talismán, para invocar la suerte de aquella noche. Iba por la mitad de la copa cuando la Maga se atormentaba en Paris y entonces entraste en al bar. Ibas acompañada por un par de amigos. Reíais. Os miré con un poco de envidia y me devolviste la mirada con curiosidad. Al terminar el ron fui a la barra por nuevas provisiones. Chocamos accidentalmente y nos sonreimos. Comenzamos a hablar y Rayuela (como no Rayuela) nos llevó a Paris, y Paris a tu ciudad, tu vida y tus libros. Tus amigos se fueron y me invitastes a que te acompañase. Salimos y comenzó a llover. Viajamos cuarenta minutos en coche hasta el centro de la ciudad. Nos empapamos desde el coche hasta aquel bar donde sonaba Coltrane (quizás por eso lo escucho ahora, quizás porque siempre me ha gustado). Tenías el pelo mojado. Uno de tus rizos caía sobre tu frente de una manera irresistible, al modo de las actrices de Hollywood de los años treinta. Te desee, en aquel momento comencé a desearte mientras seguíamos hablando de música. Me decías que te encantaba Coldplay y yo te decía que eran demasiado comerciales. Tu te defendistes tras Thom Yorke y Radiohead y yo arremetí con los clásicos. Digamos que hice mi lanza con el viejo rock y mi escudo con el intemporal jazz. Tu tomastes otras armas. Indie y electrónica. Interpol comenzó la nueva partida con el Antics y me contrataqué con un peso pesado, Pink Floyd y Wish You Were Here. Entre ron y ron pasaron por la palestra Kaiser Chief y Artics Monkeys. Yo hablaba de King Crimson, Jethro Tull y Led Zeppelin. El bar cerró y tus amigos se despidieron. Me invitastes a comer algo en un turco cerca de allí mientras seguíamos peleándonos. Acabamos haciendo listas de los diez mejores discos de la historia entre el kebab y la coca-cola. Y entonces me besaste. Fue un dulce impulso. Cuando tus labios tocaron los mios sentí calor y ese vértigo en el estómago dice sin palabras que te has vuelto a montar en una montaña rusa. Te miré a los ojos negros y me sentí absorbidos por ellos. Me sonreistes y me invitastes a ir a tu casa a pasar la noche.
    Todo lo que allí pasó, es otra historia. Una historia de amor y encuentro, de confidencias y sonrisas hasta el amanecer. Varios años más tarde aqui me encuentro. En un tren rumbo a otra parte con mis recuerdos a mi espalda. Con Rayuela y Coltrane, pero también con Interpol y Radiohead. Con más de sesenta y cinco palabras para describir como me encuentro y describir como esta siendo mi vida. Con más de diez momentos para poner en una lista o más de diez libros que me llevaría a una isla desierta (probablemente durante un accidente aereo). Con más de mil de estos pensamientos para acompañarme durante los viajes. Con pellizcos en el corazón de añoranza y con sonrisas de los momentos felices que me he llevado. Sabiendo que durante esos días que habían pasado, había vivido.

sábado, 28 de febrero de 2009

Puerto Cinco

     Mi ciudad. Hacía años que no había pisado su suelo ni olido sus mierdas. Escapé de este antro más de dos décadas y el azar me había traído de vuelta. Desde la aeronave sentí como mis demonios estaban esperándome a que desembarcase para atacarme con mis recuerdos. Encendí un cigarrillo mientras me disponía a aterrizar sobre el embarcadero 5A. No quería llamar la atención asi que elegí el más alejado de la ciudad. Así sería todo más facil. Entrar, hacer solucionar la historia y salir antes de que las cosas se complicasen... pero siempre se complican, es ley de vida.
     Tomé un par de mudas del camarote. Quise coger la Fiel Betty pero sabía que no había control en Puerto Cinco que no registrase a los visitantes de forma concienzuda. En otros puertos ese problema se arreglaba con dinero, pero no en Puertp Cinco, bien lo sabía desde que era un crío. Quizás me viniese bien visitar a ese usurero de Hamilton. Hace muchos años tenía buen material.
     Lo primero que hice al desembarcar y pasar los controles fue ir a tomar un trago a uno de los bares del Distrito Azul. Era un buen sitio para ponerse al día. Pedí una cerveza y un trago de tequila. Necesitaba entrar en calor. Los climareactores de la ciudad nunca habían funcionado muy bien, y el frio calaba en sus habitantes. Había cosas que nunca cambiaban. El bar se veía animado. Un par de chicos bailaban semidesnudos sobre una de las barras mientras sonaba una vieja melodía de turgojazz. A mi derecha un hombre de negocios bebía con una adolescente que no debía tener más de quince. Malos tiempos para esos mocosos, hijos de la Depresión del Titanio. Me gustaban esos bares donde te ponían unos cacahuetes mientras te tomabas la cerveza. Éste no era de esos, así que resignado seguí observando a la clientela. Junto a los servicios y al lado de unos barriles de cerveza había una pequeña mesa separada de las otras, lejos de la iluminación y el ruido. Distinguí un par de sombras de los Eleny. Quizás fuese tiempo para los negocios y buscarme una sustituta de la Fiel Betty. Los Eleny no eran muy honrados pero trapicheaban con todo lo que las fuerzas del orden estaban dispuestas a requisar. Ya se sabía que con un poco más de dinero ni siquiera hacían preguntas. Me acerqué a ellos con el botellín de cerveza en la mano y tomé un banco para sentarme en su mesa. Sus ojos rojos sin pupilas me miraron fijamente. Les dije que quería comprar. Se miraron entre sí y uno de ellos me alcanzó un electroblog del bolsillo. Escribí el modelo del arma que quería. Normalmente me gustaba usar una pistola laser de clase II, una Remig o una Pouler, pero en este caso necesitaba algo silencioso y fiable, así que me decante por una pistola plástica de aceleración magnética. También les pedí unos proyectiles Predzed. Éstos se degradaban en quince minutos en contacto con la hemoglobina, así que eran muy difíciles de rastrear. Los Eleny volvieron a mirarse y asintieron. Tendría lo que pedía en una hora por el triple del precio establecido. Volví a la barra y esperé con otro par de tragos.
     Un par de horas más tarde me dirigí a un hotel. Tenía que dormir un poco y preparme para el trabajo. Encontré una habitación libre en un hotel junto a la estación del EMT. Me acosté sobre la colcha. La cama olía a sudor así que me acosté en el sillón. Odiaba estos antros de mala muerte. Desperté al amanecer con el cuello dolorido por una mala postura. Me desnudé y me metí en la ducha. Abrí el grifo del agua caliente y dejé que esta corriese mientras mojaba mi cuerpo. Volvía a dolerme el jodido hombro. Recorrí con mis dedos la cicatriz que iba desde el cuello hasta el codo. Siempre me dolía antes de entrar un una situación complicada. Parecía como si mi cuerpo quisiese recordarme mi mortalidad.
     Al salir del hotel una racha de viento frío me hizo estremerme. Trajo el olor de las calles, a basura y a muerte. Mi ciudad siempre olía a muerte. La muerte de la gente con la que había crecido. Mis padres murieron en la tienda. Helen una noche en el hospital. El olor me acompañó durante todo el trayecto del EMT, atormentándome y recordándome que esta jodida vida se tuerce aunque uno no quiera. Cargué los Predzed en el servicio de la estación y metí la pistola en uno de los bolsillos de la gabardina.
     Entré en el banco. Una luz azul iluminaba la entrada. Pasé el detector de armas sin ningún problema. Las pistolas plásticas eran indetectables, aunque por contra solo podían usarse con efectividad durante un cargador. Dos a lo sumo. Empecé a sudar. Me dirigí a una de los empleados y le dije que quería hablar con el director del banco. Uno de los vigilantes me miró con suspicacia. Temí por el plan, pero el empleado me dijo que esperase mientras iba a preguntarle al director si podía recibirme. El vigilante seguía sin quitarme el ojo de encima. Empecé a sudar. El vigilante dejó su puesto. El empleado volvió y me dijo que el director me recibiría. El vigilante se dirigió hacia mi. Mientras lo hacía posó su mano sobre la pistola. Me dirigí hacia el despacho del director rápidamente y entré. EL director levantó la vista. Al instante me reconoció y comenzó a gritar. Saqué la pistola del bolsillo y apunté.
     Mi ciudad siempre olía a muerte. Esa misma ciudad que me vio nacer hace ya cuarenta años escuchó esa mañana tres disparos. El primero atravesó la cabeza del usurero que había empujado a mis padres a suicidarse y que había negado financiar la operación de Helen. El segundo y el tercero atravesaron mi pecho, perforando mis pulmones. Caí al suelo y empecé a saborear mi propia sangre. Me arrastré hasta una de las paredes e intenté encenderme un cigarrillo. No pude. Sentí un escalofrío y el jodido hombro dejó de dolerme. Levanté mi cabeza y vi al vigilante. Las cosas siempre se complican.

viernes, 27 de febrero de 2009

Miradas de gato

      Laura y Pablo llevaban bastante tiempo sin unas vacaciones reales, unas vacaciones que pudisen descansar y dedicarse un poco de tiempo a ellos. Estos últimos años habían pasado como un suspiro, sobre todo tras el nacimiento de Bruno. Habían pasado muchos pañales y biberones de madrugada. Muchas vacunas y toses. Los primeros dientes y los primeros días de guardería. Todo pagado con risotadas y caritas que hacían temblar el corazón de todo el que mirase al pequeño Bruno. Pero la felicidad y la dicha también necesitan descansar de manera que Laura convenció a su hermano Gabriel para que cuidase a Bruno durante diez días.

      Bruno era un niño de ojos grandes, ni azules ni marrones, coronados por largas pestañas que resaltaban su cara de niño bueno con una mirada de interés y curiosidad. También tenía su cara de pillo que ponía cuando montaba en triciclo o dibujaba en la pared con sus lápices de colores. Sin causa aparente le daban miedo los perros, pero le encantaban los gatos, en especial el gato de la vecina, al que sometía a brutales caricias de niño de cinco primaveras. Gabriel era Gabriel, o al menos así lo definía su hermana. Introspectivo y ausente, siempre absorbido por sus libros y su música. Ajeno a la realidad cotidiana que lo rodeaba. Escondido tras sus gafas de pasta negra. Zaratustra era la gata de Gabriel, o dicho de una manera más cercana a la verdad, Gabriel era el dispensador de alimentos y distracción de su gata. Zaratustra era una enorme gata blanca de ojos verdes y movimientos pausados. Amaba el atún, mirar por la ventana y acostarse en el regazo de Gabriel mientras éste leía.

      Lo que empujó a Laura a confiarle a su primogénito, a parte claro está de las deseadas vacaciones, era que a pesar de vivir en un mundo alternativo, Gabriel era una persona responsable. Así que una mañana, Laura y Pablo dejaron a Bruno, sus juguetes, su comida y su rabieta por el temporal abandono en la ya no tan silenciosa casa de Gabriel. Los primeros minutos fueron para Gabriel una tortura. Para Bruno una mortal herida causada por el abandono de sus progenitores. Gabriel, no sabiendo que hacer lo dejó patalear en el salón mientras buscaba a Zaratustra.Ésta debía haberse escondido en lo más profundo de un armario, asustada por los gritos del sobrino de Gabriel. En su búsqueda dejó de escuchar los gritos de su sobrino, y preocupado por el silencio que volvía a reinar en la habitación volvió al salón. Cual fue su sorpresa cuando se encontró a su sobrino jugando con Zaratustra, mientras esta aguantaba estoica las caricias a contra pelo del niño. Dejó a Bruno con la gata y volvió al libro que llevaba varios días devorando. Tras un buen rato escuchó unos pasitos acercándose a su habitación y vio como la cara de Bruno aparecía por el quicio de la puerta. Tímidamente éste entró en la habitación y se dirigió hacia Gabriel. Primero lentamente y con una carrera en los últimos pasos. Al llegar a él, abrazó su pierna mirando al suelo y le pidió de comer. Gabriel fue hasta la cocina y le preparó un puré de verduras, que el niño comió con resignación. Acostó a Bruno y volvió resignado al libro que traía entre manos. Al rato cayó en la cuenta que Zaratustra no estaba en su regazo. La encontró dormida a los pies de Bruno, enrroscada sobre si misma y con su respiración acompasada con la su protegido.

      Los días pasaron, y la incomodidad inicial se fue sustituyendo por un sentimiento de cariño hacia la pequeña criaturita. Bruno se había ido ganando poco a poco el corazón de su tío, aunque éste seguía siendo tan introvertido como siempre. Todas las noches Gabriel le contaba cuentos antes de dormir, pero salvo en estas ocasiones, éste no le prestaba mucha atención. Así Bruno volvió su atención sobre Zaratustra. Ésta paseaba por la casa siguiendolo. Algunas veces jugaba con un hilo o una pelota vieja para hacer reir al pequeño. Bruno por su parte empezó a sentir curiosidad por el gran tiempo que Zaratustra invertía mirando por la ventana. Una tarde Gabriel los vio mirando silenciosamente a través de la ventana. Esa misma noche le preguntó a Bruno por el suceso. Éste le dijo que no estaba mirando la calle, sino que estaba mirando a través de la ventana, como hacían los gatos.

      Dos días más tarde Laura y Pablo recogieron a Bruno y la vida de Gabriel volvió a su cauce. Por la mañana iba a trabajar a la librería y por la tarde leía o escuchaba música. A veces quedaba con algún amigo, pero ésto no era muy a menudo. Cada uno tenía una vida bastante ocupada, algunos con niños, otros con pareja pero en general todos bastante lejos de los días de la facultad. Una tarde Laura lo llamó y lo invitó a cenar. Fue una velada bastante agradable. Bruno se veía más activo de lo que se veía en su casa, corriendo con el triciclo de un lado para otro, siempre con la cara de pillo. Parecía otro niño. Esa misma noche, Gabriel le preguntó a Bruno si ya no miraba por la ventana como hacía en su casa. Éste le contestó que solo lo hacía al principio pero que después encontró el triciclo que era más divertido.

      Gabriel no le dio importancia hasta un día que levantó la vista del libro que estaba leyendo y vio a Zaratustra mirando por la ventana. Se sentó al lado de Zaratustra y miró por la ventana. Al principio veía la calle, personas paseando e incluso a algún perro, pero Zaratustra parecía no inmutarse. Gabriel estuvo un rato mirando a la calle y a Zaratustra, pero se dio por vencido. Se fue hacia la cocina pensando que que no tenía la menor idea de lo que hacía su gato. No llegó a darse cuenta de que Zaratustra seguia mirando a través de la ventana con exactamente la misma atención con la que Gabriel había estado leyendo un rato antes.

viernes, 20 de febrero de 2009

Reserva para Siete

Volvía a llegar tarde. Había quedado hacía más de media hora para cenar con el grupo y el tiempo se me había echado encima. Tenía ganas de echar un rato con ellos y ponerme al día de todo lo que había pasado. Había escuchado que Laura tenía un nuevo novio y que Jaime había encontrado un buen trabajo. De Manolo no sabía mucho, pero de alguien me dijo hace ya algunos meses que todo seguía igual en su vida. Seguía con Marta en aquel pequeño piso de alquiler de Ciudad Jardín, seguía trabajando como autónomo reparando ordenadores aquí y móviles allá. Bueno, y despues estaban Jose y Pablo, a los que era difícil seguirles la pista. La última vez que nos vimos nos contaron que habían estado al sur de la India, trabajando como voluntarios en un colegio para huérfanos. Siempre había envidiado la facilidad que tenían para escapar de las redes de lo cotidiano. Entre todos esos pensamientos logré encontrar aparcamiento y me lancé a la carrera al restaurante.
Allí estaban todos. Laura, Jaime, Manolo, Marta, José y Pablo. Todos sentados alrededor de una mesa de mantel rojo con un par de botellas de vino ya acabadas y una sin empezar. "Bueno, por fin llegas", me espetó Laura, pensaba que ya no venías. Manolo me miró con los ojos cansados de siempre. Jaime lucía una nueva sonrisa, refulgente, de triunfador. Marta estaba hablando con Pablo y Jose estaba llenando de nuevo las copas de todos, incluída una para mi. "Bueno, bueno, habrá que ponerse al día mientras comemos", dijo Pablo. "A ver, que cuente el último, que para eso nos has hecho esperar más de treinta minutos". Bebí de la copa de vino y empecé a contarles a por encima como me habían ido estos meses. Había dejado el trabajo de la "Gran Empresa" y me había establecido por mi cuenta diseñando dispositivos eléctricos de bajo consumo. No había tenido muchos clientes desde que mi celebrada independecia pero ser jefe de uno mismo era verdadero logro. Por lo demás seguía viendo a Helena de tarde en tarde. Disfrutábamos juntos de algún que otro concierto en la Sala Sol que terminábamos en casa con cuatro copas de más. "Venga ya", me interrumpió Jose, ¨Vas de decirme que tras un año todavía no ha pasado nada". Sonreí y todos empezaron a darme la enhorabuena. "Ya era hora, haceis muy buena pareja" dijo Laura. No quise especificar, y los dejé que imaginasen. En realidad no estábamos juntos, solo fueron par de noches de compañía, risas y sexo. Pero ellos eran felices pensando que íba a formar parte del club de las parejas. El único que parecía más serio era Manolo que seguía con la mirada ausente. Marta parecía ignorarlo aunque en más de una ocasión los vi lanzarse una mirada de reproche. Seguramente volvían a estar peleados. La cena transcurrió entre grandes noticias como que Marta estaba embarazada y risas rememorando los años de universidad.
Según Manolo fueron los mejores años de nuestras vidas, sobre todo el último año de ingeniería. Después cada uno seguimos por nuestro camino pero seguíamos viéndonos. Pasaron las copas en calle Beatas y los amaneceres sentados en la Malagueta, esperando que se nos pasase la borrachera para volver a casa. Las mañanas de los viernes de resaca en el bar de Marchuca, y las partidas de mus al llegar la primavera. Pasaron los conciertos de Los Piratas y las salidas al Limón y Sal. Laura habló de su amor platónico y Jaime de aquella chica de ojos verdes con la que se enrrolló en la fiesta de graduación.También recordamos cuando Manolo y Jaime entraron en clase vestidos de girasoles para anunciar la fiesta de la primavera, y claro, la cara que puso Miguel Santos, el profesor de Circuitos y Resistencias. Efectivamente, fueron unos bueno años pero yo estaba bastante contento de como me iban las cosas. Quizás porque al contrario que muchos de ellos seguía saliendo algunos fines de semana y todavía no tenía muy claro que quería hacer con mi vida.
Manolo y Marta se despidieron poco después de terminar los postres. Manolo tenía mucho trabajo al día siguiente y claro, el tema no estaba para "ir perdiendo clientes" dijo Marta. Pablo y Jose se miraron poco después y dijeron que tenían que madrugar porque tenía que organizar una campaña de recogida de fondos en no se que ONG. Asi que quedamos como siempre Laura, Jaime y yo. Estuvimos tomando un par de pintas en el irlandés de la esquina, al lado de casa de Laura. Allí Laura estuvo contándonos algunos detalles de su "nuevo chico". Debía estar bastante contenta porque no dejaba de sonreir como una adoleceste. Se marchó en la tercera ronda. Iba ya para casa que allí la esperaban. Jaime y yo pasamos a mayores y las pintas dejaron paso a las copas. Estuvimos hablando de como pasa  el tiempo, del futuro, de viajes y de mujeres hasta altas horas de la madrugada en las que me acompañó hasta un taxi. Ya no estaba para volver a casa en coche asi que dejé que me llevasen mientras seguía recordando aquellas quedadas que hacíamos los siete.

lunes, 16 de febrero de 2009

Entre Sueños

Todas las noches me despertaba cuando pasaba el camión de la basura. Siempre con los mismos pensamientos sobre las decisiones que tomamos en la vida, sobre que hubiese ocurrido si en algún momento determinado hubiese escogido la otra puerta. Escuchaba como los vecinos todavía seguian viendo la televisión. Probablemente uno de esos programas de rapiña social que duran hasta altas horas de la madrugada. Me revolví en la cama, incómodo, deseando que el camión de la basura pasase más temprano y no me desvelase. Me levanté y miré el hueco que habías dejado en la cama. Pensé que no importaba, que hay días en los que uno debe dormir con un hueco omnipresente. Fui al cuarto de baño, y me lavé la cara todavía somnoliento y con ganas de volver al plácido sueño del que venía. Creo que estaba soñando con una playa caribeña de esas que anuncian las agencias del viaje al acercarse el periodo de vacaciones. Pensé que me gustaría soñar con playas más a menudo. Miré al espejo y este me devolvió la mirada de mis ojos oscuros todavía cansados. Acaricié mi barba, y pensé que mañana por la mañana caería bajo la implacable cuchilla. Me dirigí hacia la cocina pensando en todo el trabajo que me esperaba mañana. Odiaba los lunes. Bebí un vaso de agua y volví a mirar por la ventana. Dejé que mis pensamientos de la vida como un concurso de televisión se evaporasen bajo otros más cotidianos, como el de todo lo que tenía que hacer mañana. Levantarme, afeitarme, desayunar mientras leo las noticias, tomar el autobus para ir a trabajar... El sueño me volvió a llamar. Los vecinos se había acostados y de nuevo el silencio se había hecho su hueco en la noche. Volví a la cama y la vi deshecha. La volví a hacer antes de acostarme y tu hueco desapareció. Me acosté y no tardé en oir como las olas me llamaban desde el otro lado del sueño. El último pensamiento, ya ebrio de somnolencia volvió a ser para ese hueco. Mañana escribiría para dar una contestación a esa oferta de trabajo.

domingo, 29 de junio de 2008

Tras la ventana de la Orca Varada


   El Baile del Hurón Azul (Cuarta Parte)   

   Han pasado varios días desde la última vez que escribí en este diario, pero las causas están justificadas. El Hurón Azul ha estado amarrado una semana en el puerto de Stornoway esperando a que el cliente de Enrico Roversi subiese finalmente a bordo. Pero no son los únicos hechos que allí han sucedido, la tripulación del barco a aumentado inesperadamente su número en dos.

   Llegamos a la capital de la Isla de Lewis al amanecer. La ciudad comenzaba a despertarse mientras el mercado del puerto era un hervidero de pescadores que vendían las mejores piezas a los comerciantes más madrugadores. En cuanto desembarcamos parte de la tripulación se dirigió a una cantina de dudosa reputación según me dijo Ramón de Bidasoa. Yo me deje convencer facilmente por éste último para dirijirnos a un par de comercios para buscar un desayuno como Dios manda y una hora más tarde estaba disfrutando de un buen café y un par de tostadas en el jardín trasero del noble comercio de los Hermanos Lipton. No acabábamos de pegar el primer mordisco a la tostada cuando Enrico Roversi se unió a nosotros con una cara de preocupación que nada tendría que ver con el te que traía. Bidasoa, previendo la incomodidad de la situación optó por llenar la tertulia de temas banales relacionados con la gastronomía de su tierra. Tras el desayuno, los hermanos Lipton nos aconsejaron una posada algo alejada del puerto, pero que decían que tenína buen servicio y que sobre todo camas limpias.

   Tanto Bidasoa como yo nos acomodamos rápidamente a la vida de la ciudad, y al día siguiente repetimos desayuno con los Hermanos Lipton, esta vez sin la compañia del italiano. Durante esa mañana fue cuando me tras un rato de interrogatorio me reveló que la parada en el puerto de Stornoway se debía a que en éste se uniría a nosotros uno de los organizadores del viaje, y también cliente de Roversi, lo que explicaba parte de su nerviosismo. Aunque intenté que me hablase algo más del individuo me contestó con evasivas y finalmente dejamos de hablar del tema.

   Tres días más tarde a tripulación del Hurón Azul se comenzaba a inquietar. No eran hombres de tierra más allá de la que existe debajo de las camas de sus familias. Llegó a mis oidos la existencia de alguna pelea en un antro de la ciudad llamado la Orca Varada. Los ciudadanos al saber que éramos parte de esa tripulación comenzaron a mirarnos con suspicacia pero la cosa no llegó a mayores gracias a la elocuencia de Bidasoa. De todas maneras esa misma tarde pasamos por el Hurón Azul para hablar con el capitán. Nos contó que él, al igual que el resto, estaba inquieto con la espera y que ya había advertido a la tripulación que no responderían por nadie si la justicia de la isla decidía castigar sus actitudes, pero siempre había en el conjunto ese par de individuos dispuestos a saltarse las reglas por un par de monedas y algo de acción. También nos dijo que finalmente unos de los patrocinadores del viaje se uniría a nosotros dentro de tres días y que hasta entonces disfrutásemos de la tierra firme y que si teníamos ocasión nos dejásemos ver por la Orca Varada. Nos dijo a modo de consejo “Un par de cervezas con algunos marineros pueden mejorar el trato de vuelta a la mar¨.

   Siguiendo el consejo del capitán aparecimos por la Orca Varada para tomarnos alguna cerveza por la tripulación. Una vez superado el rechazo el olor a salitre y a cerveza que reinaba en el lugar pudimos extrechar lazos con la tripulación. Si bien mucho de ellos simplemente nos ignoraban, encontramos en David Marfil y algunos de sus compañeros un grupo amigable. Se pasaban el día con bromas, partidas de dados y cantando canciones de puerto, acompañadas por la guitarra de José Paredes, un simpático gaditano de ojos saltones. Entre cerveza y cerveza entre gentes de lengua extraña, nos declaró que echaba bastante de menos su tierra, pero que la Pepa, su guitarra, traía el sonido de la Tacita de Plata con ella para aliviar la añoranza. David Marfil nos contó entre chiste y chanza que las mujeres de aquella ciudad no eran como las de su Cartagena. Nos contó que a partir de puesta de sol, algunas mujeres de mundo llegaban a la Orca Varada a ganarse el sustento vendiendo sus carnes, como en cualquier otro puerto del mundo. Le pregunté si la lengua no era una barrera, y se rió con grandes carcajadas, y me dijo que la lengua era de las mejores cosas que traían consigo, que solo el dinero era una barrera. Nos dijo que de todas las que venían había una pelirroja de ojos verdes por las que se había dejado engatusar un poco, y que esa noche probaría suerte.

   Los restantes días los pasamos disfrutando de los desayunos de lo hermanos Lipton y ya caída la tarde, tomando alguna cerveza con el grupo de David Marfil. No supimos de Enrico Roversi hasta que José Paredes nos dijo que el italiano había ido tierra adentro a buscar a “el de los dineros”, pero que llegaba mañana como viento para llenar las velas. Le preguntamos a David por la pelirroja y nos dijo con una gran sonrisa que habían echado un buen rato y que prometía repetir. Y que si de la lengua hablaba, bueno por la que yo le había preguntado, chapuceaba un poco de francés y que con eso se entendían entre besos y caricias. Al caer la noche lo vimos como se dirigía hacia la puerta con sonrisa de gato callejero.

   Al día siguiente el cielo amaneció gris. Me levanté con un ligero dolor de cabeza producto de la noche anterior. No obstante el desayuno de los hermanos Lipton se me antojó delicioso, quizás porque sabía que iba a vover pronto al pan seco y al te sin leche. Bidasoa, al contrario estaba radiante. La aventura lo animaba y ese día estuvo haciendo algunas compras para el viaje. Sobre todo comida y bebida, pero también alguna ropa más de abrigo, conducta que seguí por no saber a que nos podíamos enfrentar. Al caer la tarde nos acercamos a la Orca Varada a ver a David y a los suyos. Todos parecían contentos porque sabían que la partida no se haría esperar mucho más, todos menos David, que tras una hora de canciones me declaró mientras estabamos vaciando la vejiga que estaba enamorado de Madelleine, la pelirroja que había estado viendo estos días. Que éstos, los había pasado con ella como no los había pasado nunca con mujer alguna. Muy serio puso sus manos en mis hombros y me dijo que pensaba dejar el Hurón Azul y escapar con Madelleine hacía Escocia. Asombrado mi primera reacción fue la de decirle que sólo la conocía desde hacía pocos días, pero viendo como su rostro se iba oscureciendo algo más le apoyé en su decisión. Se despidió de mi con un abrazo y me dijo que se iba a buscarla que esa noche huirían hacia el sur de la isla, lejos de su marido. Al volver a la fonda me uní al grupo con cierta preocupación por lo que acababa de escuchar y no fue hasta dos horas más tarde cuando mi preocupación se hizo sólida. Escuché unos golpes en uno de los cristales de la Orca. Cuando miré vi la silueta difusa de David que nos indicaba que saliésemos sigilosamente de la taberna. Al verlo comprendí que algo había salido mal. Tenía sus ropas llenas de sangre y llevaba en su brazos a un chico pelirrojo de no más de ocho años. Junto a ellos con rostro ausente estaba Madelleine con la ropa también manchada de sangre y con signos de haber participado en la reyerta. Me dijo que necesitaba nuestra ayuda, que ya no podía viajar hacia el sur, que ahora se había convertido en un asesino. Volví a entrar en la taberna rápidamente y salí con Bidasoa y los otros. Hablamos durante varios minutos y al final Bidasoa dijo que lo más sensato sería, tratandose de nuestro amigo, ocultar a Madelleine y al niño en el Hurón Azul ya que éste probablemente partiría en cuanto volviese el italiano. Que más tarde podrían desembarcar en otro país. Él ofreció su camarote para esconderlos y yo animado por la gravedad de la situación ofrecí el compartir el mío con Bidasoa. Rápidamente nos dirijimos al barco y escondimos a Madelleine y al niño en el camarote de Bidasoa tal y como había dicho sin que el capitán, el guardamaestre o el marinero de guardia se diera cuenta de lo ocurrido. David se quitó toda la ropa ensangrentadas y todos volvimos a la Orca Varada en un intento de aparentar normalidad. Las palabras fueron saliendo poco a poco y tras una ronda, José cogió a la Pepa como si nada hubiese ocurrido.

   Esa misma noche volvió Enrico Roversi, y tal como nos dijo el capitán con uno de los patrocinadores del viaje. Tanto la tripulación como nosotros quisimos ver a tan esperado pasajero, pero a lo único que pudimos ver fue un carruaje negro con un par e caballos. Cuando llegamos junto al Hurón Azul el pasajero ya se encontraba a bordo en su camarote. El capitán nos dijo que mañana partiríamos al alba. Mientras caminaba por la pasarela le pidió a dos de los marineros que venían junto a nosotros que descargasen el equipaje del pasajero del coche de caballos y lo subiesen el barco. Éste consistía en dos grandes baules de roble y acero sin más decoración que la de una etiqueta con el nombre del propietario, Katherine Maxwell.